Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
—Ella se habría sentido muy orgullosa de ti, ¿sabes? —dijo la abuela Macaulay—.
Tú fuiste su primer hijo. —Señaló con la cabeza la repisa de la chimenea—. ¿Me
pasas aquella foto? Aquélla, la del medio.
Will se levantó para examinar las distintas fotografías enmarcadas en diferentes
tamaños y formas. En ese momento no reconoció a ninguno de los retratados. Unos
sonreían exageradamente; otros tenían rostro solemne. Todos tenían el mismo
aspecto etéreo que los retratados en los daguerrotipos, aquellas viejas fotografías que
mostraban fantasmales imágenes de personas del lejano pasado y que había visto en
el museo de su padre, en Highfield.
Como le había pedido la anciana, cogió la fotografía más grande de todas, que
estaba situada en el puesto de honor, en el centro mismo de la repisa de la chimenea.
Al ver que era del señor Jerome y de un Cal con menos años, vaciló.
—Sí, es ésa —confirmó la anciana.
Will se la pasó, observó cómo le daba la vuelta en el regazo, abría las presillas del
marco y sacaba el cartón de la parte de atrás. Dentro había otra fotografía oculta, que
ella extrajo con las uñas y le pasó a él sin hacer ningún comentario. El la orientó a la
luz y la examinó de cerca. Mostraba a una mujer joven, vestida con blusa blanca y
una falda larga de color negro. En los brazos, la mujer sostenía un pequeño lío de
ropa. Su pelo era del blanco más puro que se pueda imaginar, idéntico al de Will, y
su cara era hermosa, una cara fuerte de ojos bondadosos y fina estructura ósea, boca
grande y mandíbula cuadrada: la misma mandíbula que él, y a la que en aquel
momento se había llevado la mano, sin darse cuenta.
—Sí—aseguró la anciana con voz suave—, ésa es Sarah, tu madre. Tú eres igualito
a ella. Esa foto la tomaron unas semanas después de que tú nacieras.
—¿Eeh? —dijo Will, ahogando un grito, y la foto casi se le cae de las manos.
—Tu auténtico nombre es Seth... Con ese nombre te bautizaron. Es a ti a quien
sostiene en los brazos.
Sintió como si se le parara el corazón. Observó el bulto detenidamente. Podía
distinguir a un niño, pero no podía verle la cara a causa de toda la ropa que lo
envolvía. Las manos le temblaban y las ideas y sentimientos se le agolpaban en la
cabeza, mezclándose unos con otros. Pero entre toda aquella confusión, sentía que
había algo definido que surgía y encajaba, como si toda su vida hubiera estado
planteándose un problema irresoluble al que de repente encontrara la solución.
Como si en las profundidades de su subconsciente hubiera quedado enterrada una
diminuta cuestión, una sospecha no admitida abiertamente de que su familia, el
matrimonio Burrows, además de Rebecca y cuanto había conocido durante toda su
vida, eran de algún modo diferentes de él.
Le resultaba difícil centrar la atención en la foto, y se forzó a mirarla de nuevo,
observando cada detalle.
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