Tuneles Roderick Gordon 1 Túneles | 页面 162

Roderick Gordon- Brian Williams Túneles
De nuevo, la anciana volvió a mirarlo, asintiendo con la cabeza.
— De eso estoy bien segura. Es un Macaulay de los pies a la cabeza, y tiene los mismos ojos de su madre. Hola, Will.
El estaba anonadado, paralizado por las maneras suaves y la vibrante luminosidad de los ojos de la anciana. Era como si se iluminara un vago recuerdo, una parte de él, igual que la brisa reaviva una brasa mortecina. Se sintió a gusto en su presencia desde el primer momento. Pero ¿ por qué? Solía ser muy tímido cuando veía a un adulto por primera vez; y especialmente allí, en el lugar más extraño del mundo, no se hubiera permitido bajar la guardia. Se había propuesto seguirles la corriente a todos, jugar su juego, pero sin fiarse de ninguno. Sin embargo, con aquella anciana, era otro cantar. Era como si la conociera...
— Ven a sentarte conmigo, me tienes que contar un montón de cosas. Seguro que tienes mucho que explicarnos sobre tu vida allá arriba.— Levantó un momento la mirada al techo—. Caleb, prepáranos un té y nos daremos un caprichito. Will me tiene que hablar de él— dijo indicando la otra butaca con un gesto de su mano delicada pero fuerte. Era la mano de una mujer que había trabajado duro.
Él se colocó en el borde del asiento, y la hoguera le hizo entrar en calor y al mismo tiempo sentirse más relajado. Aunque no podía explicárselo, sentía como si por fin se encontrara en un lugar seguro, en una especie de refugio.
La anciana lo miró atentamente y él le devolvió la mirada con naturalidad. Esa mirada atenta le parecía tan cálida y reconfortante como el fuego de la chimenea. Todo el horror y los interrogatorios de la semana anterior quedaron por el momento olvidados. Lanzó un suspiro y se recostó en el respaldo de la butaca, mirándola con curiosidad creciente.
Tenía el pelo fino y blanco como la nieve, y lo llevaba recogido en un sofisticado moño, en lo alto de la cabeza, sujeto por una horquilla de carey. Llevaba puesto un sencillo vestido azul de manga larga, con volantes en el cuello.
—¿ Por qué me parece como si ya la conociera?— le preguntó de pronto. Tenía la sensación de que a aquella extraña podía decirle cualquier cosa que se le pasara por la mente.
— Porque me conoces— respondió ella con una sonrisa—. Yo estaba contigo cuando eras un bebé, y te cantaba nanas.
Él abrió la boca para explicar que lo que acababa de decir no podía ser cierto, pero se contuvo. Frunció el ceño. De nuevo, en lo más hondo de su ser sintió un atisbo de reconocimiento. Era como si cada fibra de su cuerpo declarara que esa mujer le decía la verdad. Había algo totalmente familiar en aquella anciana. Sintió una opresión en la garganta, y tragó saliva varias veces, tratando de dominar sus sentimientos. La anciana percibió la emoción que le empañaba los ojos.
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