Tuneles Roderick Gordon 1 Túneles | Page 161

Roderick Gordon - Brian Williams Túneles cigarrillo con el rescoldo del anterior antes de apagar la colilla en la superficie de la mesa de fórmica, olvidándose por completo del desbordado cenicero. El interior de la casa Jerome era lujoso y confortable, con alfombras de sutiles dibujos, paneles de maderas brillantes y paredes pintadas en colores vino y verde fuerte. Cal cogió la mochila de Will y la dejó junto a una mesa pequeña en la que reposaba una lámpara de aceite con pantalla de cristal sobre un fino tapete de lino. —Por aquí —dijo indicando a Will que lo siguiera por la primera puerta que salía del recibidor—. Este es el salón —anunció con orgullo. En el salón hacía calor, aunque leves soplos de aire fresco llegaban por la rejilla algo sucia que tenían encima de ellos. El techo era bajo y tenía molduras de escayola, que se habían vuelto de color hueso por el humo y el hollín del fuego que incluso en aquel momento ardía en la amplia chimenea. Delante de ésta, tendido sobre los restos de una alfombra persa, había un animal grande de aspecto sarnoso que estaba dormido boca arriba, con las cuatro patas en el aire, exhibiendo sin pudor el par de testículos que le colgaban. —¡Un perro! —A Will le sorprendía encontrar allí abajo una mascota. El animal, de color negro sucio, era casi completamente pelón, salvo por unos pocos ralos mechones de pelo en la fofa piel, que le caía por todos lados como un abrigo demasiado grande. —¿Perro? Este es Bartleby. Es un gato, una variante del rex. Es un excelente cazador. Sorprendido, Will volvió a mirarlo. ¿Un gato? Tenía el tamaño de un dóberman bien alimentado pero mal afeitado. No había nada de felino en el aspecto del animal, cuya gran caja torácica ascendía y descendía lentamente, al ritmo de su acompasada respiración. Al acercarse más para examinarlo, Bartleby lanzó un resoplido y movió las patas. —Cuidado, o te dejará sin cara. Will se dio la vuelta y vio a una anciana sentada en una de las dos grandes butacas de piel con orejas que estaban colocadas a ambos lados de la chimenea. Había permanecido muy recostada desde que él entró, y por eso no la había visto. —No pensaba tocarlo —respondió a la defensiva, poniéndose derecho. Los ojos grises de la anciana parpadearon sin dejar de mirar a Will. —No hay que tocarlo —explicó, y añadió—: Tiene mucho instinto, es nuestro Bartleby. —Su rostro expresó cariño al mirar al enorme animal. —Abuela, éste es Will —dijo Cal. 161