Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
cigarrillo con el rescoldo del anterior antes de apagar la colilla en la superficie de la
mesa de fórmica, olvidándose por completo del desbordado cenicero.
El interior de la casa Jerome era lujoso y confortable, con alfombras de sutiles
dibujos, paneles de maderas brillantes y paredes pintadas en colores vino y verde
fuerte. Cal cogió la mochila de Will y la dejó junto a una mesa pequeña en la que
reposaba una lámpara de aceite con pantalla de cristal sobre un fino tapete de lino.
—Por aquí —dijo indicando a Will que lo siguiera por la primera puerta que salía
del recibidor—. Este es el salón —anunció con orgullo.
En el salón hacía calor, aunque leves soplos de aire fresco llegaban por la rejilla
algo sucia que tenían encima de ellos. El techo era bajo y tenía molduras de escayola,
que se habían vuelto de color hueso por el humo y el hollín del fuego que incluso en
aquel momento ardía en la amplia chimenea. Delante de ésta, tendido sobre los
restos de una alfombra persa, había un animal grande de aspecto sarnoso que estaba
dormido boca arriba, con las cuatro patas en el aire, exhibiendo sin pudor el par de
testículos que le colgaban.
—¡Un perro! —A Will le sorprendía encontrar allí abajo una mascota. El animal,
de color negro sucio, era casi completamente pelón, salvo por unos pocos ralos
mechones de pelo en la fofa piel, que le caía por todos lados como un abrigo
demasiado grande.
—¿Perro? Este es Bartleby. Es un gato, una variante del rex. Es un excelente
cazador.
Sorprendido, Will volvió a mirarlo. ¿Un gato? Tenía el tamaño de un dóberman
bien alimentado pero mal afeitado. No había nada de felino en el aspecto del animal,
cuya gran caja torácica ascendía y descendía lentamente, al ritmo de su acompasada
respiración. Al acercarse más para examinarlo, Bartleby lanzó un resoplido y movió
las patas.
—Cuidado, o te dejará sin cara.
Will se dio la vuelta y vio a una anciana sentada en una de las dos grandes butacas
de piel con orejas que estaban colocadas a ambos lados de la chimenea. Había
permanecido muy recostada desde que él entró, y por eso no la había visto.
—No pensaba tocarlo —respondió a la defensiva, poniéndose derecho.
Los ojos grises de la anciana parpadearon sin dejar de mirar a Will.
—No hay que tocarlo —explicó, y añadió—: Tiene mucho instinto, es nuestro
Bartleby. —Su rostro expresó cariño al mirar al enorme animal.
—Abuela, éste es Will —dijo Cal.
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