Roderick Gordon- Brian Williams
Túneles
— Le traigo a su sobrina, señora Boswell— anunció la trabajadora social, señalando a Rebecca, que estaba a su lado.
—¿ Qué?— dijo la mujer bruscamente, esparciendo la ceniza sobre los inmaculados zapatos de la trabajadora social. Rebecca se moría de vergüenza.
—¿ No recuerda... lo que hablamos ayer por teléfono?
Sus ojos llorosos se posaron sobre la chica, que sonreía y se inclinaba un poco hacia delante para entrar en su limitado campo de visión.
— Hola, tía Jean— dijo esforzándose al máximo por sonreír.
— Rebecca, cielo, claro que sí. Pero mírate cómo has crecido, estás hecha una señorita.
La tía Jean tosió y abrió la puerta de par en par.
— Entrad, entrad, tengo algo en el fuego.— Se volvió y se marchó por el pasillo arrastrando los pies, y dejando a Rebecca y a la trabajadora social mirando las pilas desordenadas de periódicos amontonados a lo largo de la pared y la enorme cantidad de cartas sin abrir y de folletos tirados por la sucia moqueta. Estaba todo cubierto con una fina capa de polvo, y los rincones del recibidor estaban festoneados con telarañas. Toda la casa apestaba a los cigarrillos de la tía Jean.
Permanecieron las dos en silencio hasta que la trabajadora social, como saliendo de un trance, le dijo de repente adiós a Rebecca y le deseó buena suerte. Parecía que tenía una prisa loca por marcharse, y ella la observó mientras se dirigía a la escalera, se paraba para mirar las puertas del ascensor, como deseando que por un milagro volviera a funcionar y no tuviera que bajar andando.
Rebecca avanzó por el pasillo con aprensión, y se dirigió a la cocina, donde estaba su tía.
— No me vendría mal algo de ayuda aquí— dijo la tía Jean, encontrando un paquete de cigarrillos entre los restos de la mesa.
Rebecca contempló el sórdido espectáculo que tenía ante los ojos. Rayos de luz atravesaban el humo de tabaco que rodeaba a su tía como una nube de tormenta personal. Arrugó la nariz al percibir en el aire el olor acre de la comida quemada del día anterior.
— Si te vas a quedar en mi casa— dijo su tía entre toses—, tendrás que poner algo de tu parte.
Rebecca no se movió. Temía que si hacía cualquier movimiento, por leve que fuera, quedaría enterrada en la suciedad que lo cubría todo.
— Vamos, cielo, deja ahí tus cosas y arremángate. Puedes empezar preparando un té.— La tía Jean sonrió mientras se sentaba en la mesa de la cocina. Prendió un nuevo
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