Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
24
En el preciso instante en el que Will y Cal llegaban a casa Jerome, Rebecca
aguardaba con paciencia, junto a una señora de la Asistencia Social, en el
decimotercer piso de Mándela Heights, una torre de viviendas destartalada y venida
a menos situada en el lado más sórdido del barrio londinense de Wandsworth. La
trabajadora social llamaba por tercera vez al timbre de la puerta 65 sin conseguir que
le abrieran. Con un gemido bajo, como de remordimiento, el viento entraba por las
ventanas rotas del hueco de la escalera y agitaba las bolsas de basura medio llenas y
amontonadas en un rincón.
Rebecca tuvo un estremecimiento. No era sólo a causa del aire frío que corría, sino
porque estaba a punto de empezar una nueva vida en lo que debía ser uno de los
peores lugares del planeta.
La trabajadora social había dejado de llamar al sucio timbre y se había puesto a
aporrear la puerta. Seguía sin haber contestación, pero se oía claramente que la
televisión estaba encendida. Volvió a golpear la puerta, esta vez con más insistencia,
y se paró cuando oyó toses y la voz estridente de una mujer dentro de la vivienda.
—¡Vale, vale, por el amor de Dios, vaya prisas!
La trabajadora social se volvió hacia Rebecca e intentó sonreír para darle ánimos.
Sólo logró algo parecido a una mueca de lástima.
—Parece que está en casa.
—Ah, qué bien —comentó Rebecca con sarcasmo, cogiendo del suelo sus dos
pequeñas maletas.
Aguardaron en un incómodo silencio mientras, con grandes dificultades, la
cerradura giró y alguien quitó la cadena, todo acompañado de reniegos y murmullos
y salpicado de toses. La puerta terminó abriéndose, y apareció una mujer de mediana
edad, despeinada, con un cigarrillo colgando del labio inferior, que observó a la
trabajadora social de arriba abajo, con recelo.
—¿Qué pasa? —preguntó, cerrando un ojo a causa del humo que despedía su
cigarrillo, que cuando ella hablaba se movía con tal brío que parecía la batuta de un
director de orquesta.
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