Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
vistazo. Mientras el guardia les hacía señas de que siguieran, la luz de la linterna
ponía de manifiesto que la cancela era en realidad un rastrillo como los de las puertas
de los castillos medievales. Will vio cómo colgaba de un muro cuya visión le dejó
anonadado: tallada en una piedra y sobresaliendo del muro por encima del rastrillo,
se elevaba una inmensa y desdentada calavera.
—Es un poco escalofriante —murmuró para sí mismo.
—Es lo que se pretende. Es una advertencia —respondió Cal, sin darle
importancia, mientras el cochero restallaba el látigo y el coche se ponía en marcha
con una sacudida para atravesar la boca de aquella espantosa aparición y penetrar en
la caverna.
Sacando la cabeza por la ventanilla, Will observó cómo se elevaba el rastrillo a
trompicones detrás de ellos, hasta que la curva del túnel lo ocultó. Mientras los
caballos cogían velocidad, el coche dobló una esquina, bajó a toda prisa por la
pendiente y entró en un túnel gigantesco excavado en piedra arenisca de color rojo
oscuro. No había ni casas ni edificios. Mientras el túnel continuaba descendiendo, el
aire empezó a cambiar (comenzó a oler a humo), y por un momento el omnipresente
zumbido de fondo subió de intensidad hasta hacer vibrar las paredes del coche.
Viraron bruscamente una vez más, y el zumbido perdió intensidad mientras el
aire volvía a resultar más limpio. Cal se acercó a Will y a la ventana en el momento
en el que se abría ante ellos un enorme espacio. A ambos lados de la carretera había
filas de edificios, y un complejo bosque de conductos de ladrillo corría por los muros
de la caverna, por encima de ellos, como varices. En la distancia, por los oscuros
cañones de las chimeneas salían llamas azules y columnas de humo que, como no
había turbulencias de aire, se elevaban en línea vertical hacia el techo de la caverna.
Allí el humo acumulado formaba suaves olas en la superficie de un océano marrón
invertido.
—Esto es la Colonia —dijo Cal, juntando su cara con la de Will, ante la estrecha
ventanilla—. Hemos llegado a... —Will miraba asombrado, sin atreverse ni a
respirar—: a casa.
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