Tuneles Roderick Gordon 1 Túneles | Page 158

Roderick Gordon - Brian Williams Túneles vistazo. Mientras el guardia les hacía señas de que siguieran, la luz de la linterna ponía de manifiesto que la cancela era en realidad un rastrillo como los de las puertas de los castillos medievales. Will vio cómo colgaba de un muro cuya visión le dejó anonadado: tallada en una piedra y sobresaliendo del muro por encima del rastrillo, se elevaba una inmensa y desdentada calavera. —Es un poco escalofriante —murmuró para sí mismo. —Es lo que se pretende. Es una advertencia —respondió Cal, sin darle importancia, mientras el cochero restallaba el látigo y el coche se ponía en marcha con una sacudida para atravesar la boca de aquella espantosa aparición y penetrar en la caverna. Sacando la cabeza por la ventanilla, Will observó cómo se elevaba el rastrillo a trompicones detrás de ellos, hasta que la curva del túnel lo ocultó. Mientras los caballos cogían velocidad, el coche dobló una esquina, bajó a toda prisa por la pendiente y entró en un túnel gigantesco excavado en piedra arenisca de color rojo oscuro. No había ni casas ni edificios. Mientras el túnel continuaba descendiendo, el aire empezó a cambiar (comenzó a oler a humo), y por un momento el omnipresente zumbido de fondo subió de intensidad hasta hacer vibrar las paredes del coche. Viraron bruscamente una vez más, y el zumbido perdió intensidad mientras el aire volvía a resultar más limpio. Cal se acercó a Will y a la ventana en el momento en el que se abría ante ellos un enorme espacio. A ambos lados de la carretera había filas de edificios, y un complejo bosque de conductos de ladrillo corría por los muros de la caverna, por encima de ellos, como varices. En la distancia, por los oscuros cañones de las chimeneas salían llamas azules y columnas de humo que, como no había turbulencias de aire, se elevaban en línea vertical hacia el techo de la caverna. Allí el humo acumulado formaba suaves olas en la superficie de un océano marrón invertido. —Esto es la Colonia —dijo Cal, juntando su cara con la de Will, ante la estrecha ventanilla—. Hemos llegado a... —Will miraba asombrado, sin atreverse ni a respirar—: a casa. 158