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Roderick Gordon- Brian Williams
Túneles
algo similar. Luego vieron a cada lado de la carretera franjas de tierra que estaban divididas en parcelas por vallas destartaladas, y cultivadas con lo que parecía algún tipo grande de seta.
El coche aminoró la marcha para pasar un pequeño puente que atravesaba un canal que parecía de tinta. Will observó las aguas lentas, aletargadas, que fluían como petróleo, y sintió un inexplicable temor.
Se había vuelto a recostar en el asiento y empezaba a conciliar de nuevo el sueño cuando la carretera de pronto bajó por una escarpada pendiente y el coche viró a la izquierda. Después, mientras la carretera recuperaba la horizontalidad, el cochero gritó: «¡ Sooo!», y los caballos adoptaron un tranquilo trote.
Para entonces Will se había despertado del todo, y sacó la cabeza por la ventana para ver qué pasaba. Una imponente cancela cortaba el camino, y junto a ella, un grupo de hombres se apiñaba en torno a un brasero, calentándose las manos. Separado de ellos, en pie en mitad de la carretera, un encapuchado levantaba una lámpara y la movía de lado a lado: una señal dirigida al cochero para que se detuviera. Y mientras el coche paraba, Will se quedó horrorizado al ver la figura inmediatamente reconocible de un styx que salía de las sombras. Will se apresuró a correr la cortina y esconderse lo mejor posible. Le dirigió a Cal una mirada interrogante.
— Es la Puerta de la Calavera. Es la entrada principal a la Colonia— explicó el chico en tono tranquilizador.
— Creí que ya estábamos en la Colonia.
— No— respondió Cal con cierto asombro—, eso sólo era el Barrio. Es una especie de... como si fuera... Es nuestra ciudad fronteriza.
— Entonces, ¿ hay más?—¿ Que si hay más? ¡ Dios mío, hay miles!
Will se quedó sin habla. Miró a la puerta con aprensión mientras se acercaba el sonido entrecortado de las botas sobre los adoquines. Cal lo cogió del brazo.
— No te preocupes. Revisan a todo el que entra. No digas nada. Si hay algún problema, deja que hable yo.
En ese preciso instante, se abrió desde fuera la portezuela del lado de Will, y el styx introdujo en el interior una lámpara de bronce. Alumbró con ella la cara de los dos y después retrocedió para mirar al cochero, que le entregó un trozo de papel. El styx lo leyó por encima. Aparentemente conforme, volvió a mirar en el interior del carruaje, dirigió la luz de la lámpara hacia los ojos de Will, y con un gesto de desprecio cerró la puerta de un portazo. Le devolvió la nota al cochero, hizo una señal al guardia de la cancela, se dio media vuelta y se alejó del carruaje. Al oír un fuerte ruido metálico, Will levantó con cautela el dobladillo de la cortina y echó un
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