Tuneles Roderick Gordon 1 Túneles | Page 156

Roderick Gordon - Brian Williams Túneles —¿Qué crees que le ocurrirá si no vienes con nosotros? Piénsalo. —Pero... —Le pueden tratar bien o mal, depende de ti. —Cal lo miró a los ojos, implorante. Will volvió una última vez la vista a la comisaría. A continuación, suspiró y asintió. —Está bien. Cal sonrió y, tras cogerle la mochila, fue delante de él hasta el coche de caballos. Le abrió la portezuela al chico, que lo seguía a regañadientes, con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha. Aquello no le gustaba un pelo. Al arrancar el coche, Will observó su austero interior. No estaba pensado para encontrarse cómodo: los asientos, como las paredes, eran de dura madera lacada en negro, y el conjunto olía a barniz y un poco a lejía, muy parecido al olor que tenía el gimnasio del colegio el primer día de clase. Pero era bastante mejor que el calabozo en el que había pasado tantos días encerrado con Chester. Will sintió una punzada de remordimiento al acordarse de su amigo, que seguía encarcelado y ahora solo en el calabozo. Se preguntó si le dirían que se había largado y lo había abandonado, y se juró que encontraría la manera de liberarlo, aunque fuera lo último que hiciera en este mundo. Con desánimo, se dejó caer contra el respaldo y puso los pies en el banco de delante. Después retiró un poco la correosa cortina y miró por la ventanilla. Conforme el coche traqueteaba por las calles desiertas y tenebrosas, vio pasar con monótona regularidad edificios sórdidos y escaparates de tiendas sin iluminar. Imitando a Will, Cal también se puso cómodo y colocó los pies en el asiento de delante, dirigiéndole ocasionales miradas de soslayo y sonriendo de satisfacción. Permanecieron en silencio, perdidos en sus propios pensamientos, pero no hizo falta que transcurriera mucho tiempo para que empezara a reavivarse esa curiosidad que formaba parte del carácter de Will. Hizo un considerable esfuerzo por asimilar los paisajes en penumbra que pasaban a su lado, pero después de un rato los ojos empezaron a pesarle mientras la extrema debilidad y aquel mundo subterráneo que no parecía tener fin fueron más fuertes que su curiosidad. Acunado por el rítmico trote de los caballos, se quedó dormido, aunque se despertaba algo sobresaltado cada vez que el carruaje sufría una sacudida. Entonces, algo asustado, miraba hacia todos lados con aprensión, ante el regocijo de Cal, y volvía a sucumbir al cansancio y se le volvía a caer la cabeza. No supo si había dormido minutos u horas cuando el cochero restalló el látigo, volviendo a despertarlo. El carruaje aumentó vertiginosamente la velocidad, las farolas empezaron a pasar por la ventanilla a intervalos menos regulares, y Will supuso que debían encontrarse a las afueras de la ciudad. Entre las casas se abrían espacios amplios, alfombrados por lechos verdes y oscuros, casi negros, de líquenes o 156