Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
—¿Qué crees que le ocurrirá si no vienes con nosotros? Piénsalo.
—Pero...
—Le pueden tratar bien o mal, depende de ti. —Cal lo miró a los ojos, implorante.
Will volvió una última vez la vista a la comisaría. A continuación, suspiró y
asintió.
—Está bien.
Cal sonrió y, tras cogerle la mochila, fue delante de él hasta el coche de caballos.
Le abrió la portezuela al chico, que lo seguía a regañadientes, con las manos en los
bolsillos y la cabeza gacha. Aquello no le gustaba un pelo.
Al arrancar el coche, Will observó su austero interior. No estaba pensado para
encontrarse cómodo: los asientos, como las paredes, eran de dura madera lacada en
negro, y el conjunto olía a barniz y un poco a lejía, muy parecido al olor que tenía el
gimnasio del colegio el primer día de clase. Pero era bastante mejor que el calabozo
en el que había pasado tantos días encerrado con Chester. Will sintió una punzada de
remordimiento al acordarse de su amigo, que seguía encarcelado y ahora solo en el
calabozo. Se preguntó si le dirían que se había largado y lo había abandonado, y se
juró que encontraría la manera de liberarlo, aunque fuera lo último que hiciera en
este mundo.
Con desánimo, se dejó caer contra el respaldo y puso los pies en el banco de
delante. Después retiró un poco la correosa cortina y miró por la ventanilla.
Conforme el coche traqueteaba por las calles desiertas y tenebrosas, vio pasar con
monótona regularidad edificios sórdidos y escaparates de tiendas sin iluminar.
Imitando a Will, Cal también se puso cómodo y colocó los pies en el asiento de
delante, dirigiéndole ocasionales miradas de soslayo y sonriendo de satisfacción.
Permanecieron en silencio, perdidos en sus propios pensamientos, pero no hizo
falta que transcurriera mucho tiempo para que empezara a reavivarse esa curiosidad
que formaba parte del carácter de Will. Hizo un considerable esfuerzo por asimilar
los paisajes en penumbra que pasaban a su lado, pero después de un rato los ojos
empezaron a pesarle mientras la extrema debilidad y aquel mundo subterráneo que
no parecía tener fin fueron más fuertes que su curiosidad. Acunado por el rítmico
trote de los caballos, se quedó dormido, aunque se despertaba algo sobresaltado cada
vez que el carruaje sufría una sacudida. Entonces, algo asustado, miraba hacia todos
lados con aprensión, ante el regocijo de Cal, y volvía a sucumbir al cansancio y se le
volvía a caer la cabeza.
No supo si había dormido minutos u horas cuando el cochero restalló el látigo,
volviendo a despertarlo. El carruaje aumentó vertiginosamente la velocidad, las
farolas empezaron a pasar por la ventanilla a intervalos menos regulares, y Will
supuso que debían encontrarse a las afueras de la ciudad. Entre las casas se abrían
espacios amplios, alfombrados por lechos verdes y oscuros, casi negros, de líquenes o
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