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Roderick Gordon- Brian Williams Túneles

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A Will le despertó intempestivamente el ruido producido por la puerta del calabozo al abrirse. El primer agente lo levantó en el aire y lo obligó a ponerse en pie. Algo dormido aún, el policía lo sacó a empujones del calabozo, lo condujo por el área de recepción de la comisaría, lo hizo salir a la calle, y lo dejó allí fuera, en lo alto de la escalinata. Él se tambaleó un par de pasos antes de lograr mantenerse derecho. Estaba desorientado, aturdido. Oyó un golpe a sus pies. Era su mochila: acababan de tirársela. Sin decir una palabra, el agente se volvió y entró en la comisaría.
Después de haber permanecido tanto tiempo confinado en la celda, era una sensación extraña estar allí, bañado por la luz de las farolas. Una leve brisa le acariciaba el rostro. El aire resultaba pesado y olía a humedad pero, aun así, era un gran placer después de haber estado tanto tiempo en el claustrofóbico calabozo.
«¿ Y ahora qué?», pensó, rascándose el cuello bajo la camisa que le había dado uno de los agentes. Todavía confuso, reprimió un bostezo al oír un ruido: un caballo nervioso relinchaba y coceaba contra los húmedos adoquines con el casco de una de sus patas.
Will levantó la vista de inmediato y vio un carruaje oscuro en el otro lado de la calle, un poco más abajo, al que estaban enganchados dos caballos de color blanco inmaculado. En el pescante, un cochero sujetaba las riendas. La puerta del carruaje se abrió, y Cal bajó de un salto y se dirigió hacia él, atravesando la calle.
—¿ Qué significa esto?— preguntó Will con recelo, retrocediendo un paso al verlo acercarse.
— Te llevamos a casa— contestó el chico.
—¿ A casa? ¿ Qué quieres decir con eso? ¿ Con vosotros? ¡ No voy a ningún lado sin Chester!— dijo con firmeza.
—¡ Shhh, no! ¡ Escucha!— Cal se acercó a él, y le habló de manera apremiante—. ¡ Nos están observando!— Señaló hacia la calle con un gesto de la cabeza, sin dejar de mirar a Will a los ojos. En la esquina sólo había una figura, completamente inmóvil y tan oscura como una sombra incorpórea. A duras penas, Will distinguía su cuello blanco.
— No me voy sin Chester— susurró.
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