Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
—Siéntate bien y compórtate con tu familia. Muestra respeto.
Will abrió los ojos de repente. Se dio la vuelta en la silla para mirar al agente con
sorpresa.
-¿Qué?
—He dicho que te comportes —dijo dirigiéndole a Jerome un gesto afirmativo—
con tu familia; sí, señor.
Will se volvió a girar, esta vez para mirar al hombre y al niño.
—¿De qué está hablando?
El señor Jerome se encogió de hombros y bajó la mirada. El chico puso mala cara,
mirándolo tan pronto a él como al segundo agente y a su padre, como si no acabara
de comprender lo que sucedía.
—¡Chester tiene razón, aquí abajo están todos locos! —exclamó Will, y se
estremeció al ver avanzar hacia él al segundo agente con la mano levantada. Pero
entonces intervino el niño:
—¿No te acuerdas de esto? —dijo, buscando en el fondo de una vieja bolsa de lona
que tenía en el regazo. Todos los ojos estaban puestos en él cuando finalmente sacó
un pequeño objeto y lo puso sobre la mesa, delante de Will. Era un juguete de
madera tallada, una especie de ratón. La pintura blanca de la cara se le había ido a
trozos, y su abriguito de caballero estaba desgastado, pero los ojos le brillaban de
manera curiosa. Cal miró a Will con expectación.
—La abuela me dijo que era tu favorito —prosiguió al ver que Will no
reaccionaba—. Cuando te fuiste, me lo dieron a mí.
—¿Qué estás...? —preguntó Will, perplejo—. ¿Cuando me fui dónde?
—¿No recuerdas nada? —preguntó Cal. Le dirigió una mirada a su padre, que
estaba con los brazos cruzados.
Will cogió el juguete para mirarlo más de cerca. Al inclinarlo hacia atrás vio que se
le cerraban los ojos, y un pequeño mecanismo en la cabeza no dejaba pasar la luz.
Comprendió que debía de tener dentro de la cabeza una diminuta esfera luminosa
que irradiaba luz a través de las cuencas de cristal que formaban los ojos del ratón.
—Así está dormido —explicó Cal, y luego añadió—: Tenías este juguete en tu
cama.
Will lo dejó caer abruptamente en la mesa, como si le hubiera mordido.
—¿De qué me estás hablando? —le espetó al niño.
Hubo un instante de desconcierto general, seguido por otro enervante silencio,
roto tan sólo por el tarareo ensimismado del segundo agente. Cal abrió la boca para
decir algo, pero no encontró las palabras. Will se quedó observando el ratón de
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