Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
superficie mate y manchada no parecía reflejar ninguna luz de las esferas que había
en la sala.
Por alguna razón, no lograba apartar los ojos de ese sitio de la pared. De repente le
pareció reconocer algo. Lo invadió una sensación nueva y al mismo tiempo conocida:
la impresión de que ellos se encontraban detrás, de que estaban espiando. Y cuanto
más miraba a la ventana, más parecía su oscuridad apoderarse de él, exactamente
igual que ocurría con la Luz Oscura.
Sintió un repentino espasmo en la cabeza. Se tambaleó hacia delante como si
estuviera a punto de desmayarse, y tanteó con la mano izquierda hasta encontrar el
respaldo de la silla. Al percatarse, el agente lo agarró por el otro brazo y le ayudó a
sentarse de cara a los dos desconocidos.
Will respiró hondo varias veces y se le pasó el mareo. Levantó la vista al oír toser a
alguien. Frente a él estaba sentado un hombre grande, y a su lado, un poco más atrás,
un jovencito. El hombre era como los otros que había visto. De hecho, se parecía al
segundo agente, salvo que iba vestido de civil. Miró a Will fijamente con un
desprecio apenas disimulado. Pero él se encontraba demasiado mal para que eso le
preocupara, y le devolvió una mirada aturdida.
Después, cuando el más joven se acercó más a la mesa arrastrando la silla, Will se
fijó en él. Le miraba con asombro. Tenía una expresión franca y amable, y le pareció
que era el primer rostro afable que veía desde que lo habían arrestado. Will calculó
que el joven debía de tener un par de años menos que él. Tenía el pelo casi blanco,
muy corto, y unos ojos de color azul claro llenos de picardía. Al verlo curvar la boca
en una sonrisa, pensó que le resultaba vagamente familiar. Trató desesperadamente
de acordarse dónde podía haberlo visto, pero seguía demasiado aturdido para
pensar. Aguzó la vista y volvió a intentar recordar de qué le sonaba su cara, pero no
lo logró. Era como si estuviera inmerso en una piscina de agua oscura e intentara
encontrar algo sin ver, sólo con las manos. La cabeza le daba vueltas, cerró los ojos, y
los mantuvo cerrados. Oyó que el hombre carraspeaba.
—Soy el señor Jerome —dijo en un tono plano y mecánico. En su voz se apreciaba
con claridad que se sentía disgustado y muy contrariado en aquella situación—: Éste
es mi hijo...
—Cal —dijo el muchacho.
—Caleb —se apresuró a corregir el padre.
Hubo un silencio largo e incómodo, pero Will no abrió los ojos. Se sentía protegido
y seguro con ellos cerrados. La situación le resultaba extrañamente reconfortante.
Jerome miró irritado al segundo agente.
—Esto es inútil —gruñó—. Es una pérdida de tiempo.
El policía se inclinó hacia delante y sacudió a Will por el hombro.
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