Roderick Gordon- Brian Williams
Túneles
Una bandada de pájaros, del tamaño de gorriones, levantó el vuelo desde un tejado y se lanzó hacia ellos como proyectiles vivientes. Instintivamente, los dos chicos se agacharon, levantando los brazos para protegerse la cara mientras los pájaros, que eran de un color blanco inmaculado, daban vueltas a su alrededor con un movimiento sincronizado.
Will empezó a reírse.
—¡ Pájaros! ¡ No son más que pájaros!— dijo dando manotazos a la malévola bandada, pero sin llegar a golpear a ninguno.
Chester bajó los brazos y empezó a reírse también, algo nervioso, mientras los pájaros pasaban entre ellos como flechas. Entonces, tan rápido como habían aparecido, los pájaros ascendieron y desaparecieron por la curva del túnel. Will se enderezó y dio unos pasos en pos de ellos, tambaleándose, pero de repente se quedó inmóvil.
—¡ Tiendas!— anunció asustado.—¿ Queeé?— respondió Chester.
No había duda: siguiendo la calle había una hilera de tiendas con los escaparates salientes. Sin decir nada, los dos se dirigieron hacia ellas.
— Esto no puede ser— murmuraba Chester mientras llegaban a la primera tienda, con escaparates de cristal soplado que curvaban la imagen de los artículos expuestos como lentes defectuosas.
—« Confecciones Jacobson »— leyó en el letrero de la tienda, antes de contemplar los rollos de tela expuestos en el fantasmagórico interior de luz verdusca.
— Una tienda de comestibles— anunció Will en cuanto reanudaron el paso.— Y esto es una especie de ferretería— observó Chester. Will levantó la vista hacia la bóveda de la caverna.—¿ Sabes qué? Calculo que debemos de estar más o menos debajo de High Street.
Siguieron andando mirando los escaparates, embebiéndose de la novedad de aquellas tiendas antiguas, llevados por una despreocupada curiosidad hasta que llegaron a un punto en que el túnel se dividía en tres. El del centro parecía descender hacia las profundidades con una fuerte pendiente.
— Bueno, ya está— dijo Chester con resolución—. Ahora nos volvemos. No estoy dispuesto a seguir.— De manera imperiosa, su instinto le pedía que dieran media vuelta.
— De acuerdo— aceptó Will—, pero...
Iba a bajar de la acera a la calzada pavimentada con adoquines, cuando oyeron un estrépito como de hierro golpeando contra piedra. A la velocidad del rayo, echando
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