Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
Will se llevó un dedo a los labios y regresó hasta la altura de la puerta. Al
observarla de cerca, una idea le pasó por la mente. Aguzó la vista. Intuyendo lo que
iba a hacer, Chester se acercó para detenerlo, balbuceando:
—¡No, Will!
Pero era demasiado tarde. Casi sin tocarla, la puerta se abrió hacia dentro. Se
miraron, y los dos empezaron a entrar, muy despacio, sintiendo al mismo tiempo
punzadas de emoción y miedo.
El recibidor era espacioso y cálido, y apreciaron una mezcla de olores: de comida,
de humo de la chimenea, de ser humano... Todo parecía dispuesto como en cualquier
casa normal: de mitad del pasillo salía una escalera ancha con barras de bronce para
sujetar la alfombra entre peldaño y peldaño.
Había un zócalo de madera encerada que llegaba hasta una barandilla, a partir de
la cual la pared estaba recubierta de papel pintado de franjas verdes, unas claras y
otras oscuras. Había retratos colgados de las paredes, con marcos de oro viejo, que
representaban a personas de aspecto robusto con grandes hombros y la cara pálida.
Chester estaba contemplando uno de ellos cuando le vino a la mente un horrible
pensamiento:
—Son exactamente como los hombres que nos persiguieron —dijo—. ¡Genial!,
estamos en una casa que pertenece a uno de esos locos, ¿no? ¡Estamos en una cochina
ciudad de chiflados! —añadió al comprender todo el horror de la situación.
—¡Escucha! —susurró Will. Chester se quedó clavado en el sitio mientras
orientaba el oído en dirección a la escalera, pero no oyó nada, sólo un silencio
opresivo—. Creí que había oído... no... —Se acercó a la puerta que estaba a su
izquierda, abierta, y asomó la cabeza con prudencia para mirar—. ¡Esto es alucinante!
—No se resistió a entrar. Y por una vez, a Chester también lo dominó el deseo de
averiguar más.
Un alegre fuego crepitaba en la chimenea. En las paredes había pequeños cuadros
y siluetas con marco de oro. Uno de esos cuadros le llamó a Will la atención de
manera especial: Casa Martineau, indicaba la inscripción de la parte inferior del
marco. Era una pequeña pintura al óleo de un edificio señorial rodeado de prados
suavemente ondulantes.
Junto a la chimenea había sillas tapizadas en tela de color rojo oscuro, con un brillo
semejante al de la seda. En un rincón había una mesa de comedor, y en el otro un
instrumento musical que Will reconoció como un clavicordio. Además de la luz de la
chimenea, la sala estaba iluminada por dos esferas del tamaño de pelotas de tenis que
colgaban del techo dentro de elaboradas jaulitas de oro de Pinchbeck.
Todo ello le recordó a Will aquella ocasión en que su padre lo había llevado a un
museo a ver una exposición titulada «La vida de antaño». Mirando a su alrededor, le
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