Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
Se fijaron entonces en la casa que tenían más cerca. Silenciosa e inquietante,
parecía desafiarlos a que se acercaran.
—No lo sé.
—Si no vive nadie, ¿qué pinta aquí todo esto?
—Sólo hay una manera de averiguarlo —dijo Will mientras se aproximaban con
cautela a la casa. Era sencilla y elegante, construida en mampostería de piedra
arenisca, de estilo casi georgiano. Se podían distinguir unas cortinas muy recargadas
de bordados detrás de cada una de las dos ventanas de doce cuarterones que
flanqueaban la puerta, que estaba pintada de verde intenso y tenía una aldaba y una
campanilla con tirador, de bronce muy pulido.
—Ciento sesenta y siete —leyó Will con asombro, después de alumbrar los
números que había encima de la aldaba.
—¿Qué lugar es éste? —murmuraba Chester para sí mientras Will distinguía un
destello en la abertura de las cortinas. El destello titiló, como si procediera del fuego
de una chimenea.
—¡Shhh! —dijo mientras se acercaba con sigilo y se agachaba bajo la ventana,
antes de levantar lentamente la cabeza por encima del alféizar y atisbar con un ojo a
través de la pequeña abertura. Se quedó en silencio, sobrecogido, con la boca abierta:
en la chimenea ardía una hoguera. Encima de la chimenea, había una repisa sobre la
que se veían varios adornos de cristal. Y a la luz de la lumbre, se podían distinguir
unas sillas, un sofá, y paredes cubiertas de cuadros enmarcados de diversos tamaños.
—Vamos, ¿qué ves? —preguntó Chester, nervioso, sin dejar de mirar hacia atrás a
la calle vacía, mientras Will aplastaba la cara contra el sucio cristal.
—¡No te lo vas a creer! —contestó, haciéndose a un lado para que su amigo lo
viera por sí mismo. Impaciente, Chester pegó la nariz contra el cristal.
—¡Vaya! ¡Es una habitación normal y corriente! —dijo volviéndose hacia Will, y
entonces comprobó que su amigo ya se había ido de su lado y se dirigía a la fachada
de la casa. Se detuvo al llegar a la esquina del edificio.
—¡Eh, espérame! —susurró Chester, aterrorizado ante la posibilidad de quedarse
atrás.
Entre aquel edificio y el siguiente había un pequeño callejón que llegaba hasta el
muro. Will asomó la cabeza por la esquina y, en cuanto se aseguró de que no había
nadie, hizo una seña a Chester para dirigirse a la siguiente casa.
—Ésta tiene el número ciento sesenta y seis —dijo Will al examinar la puerta de
entrada, que era casi idéntica a la de la casa anterior. Se acercó de puntillas a la
ventana, pero no consiguió ver nada, pues las oscuras cortinas se lo impedían.
—¿Qué hay ahí? —preguntó Chester.
126