Tuneles Roderick Gordon 1 Túneles | Page 126

Roderick Gordon - Brian Williams Túneles Se fijaron entonces en la casa que tenían más cerca. Silenciosa e inquietante, parecía desafiarlos a que se acercaran. —No lo sé. —Si no vive nadie, ¿qué pinta aquí todo esto? —Sólo hay una manera de averiguarlo —dijo Will mientras se aproximaban con cautela a la casa. Era sencilla y elegante, construida en mampostería de piedra arenisca, de estilo casi georgiano. Se podían distinguir unas cortinas muy recargadas de bordados detrás de cada una de las dos ventanas de doce cuarterones que flanqueaban la puerta, que estaba pintada de verde intenso y tenía una aldaba y una campanilla con tirador, de bronce muy pulido. —Ciento sesenta y siete —leyó Will con asombro, después de alumbrar los números que había encima de la aldaba. —¿Qué lugar es éste? —murmuraba Chester para sí mientras Will distinguía un destello en la abertura de las cortinas. El destello titiló, como si procediera del fuego de una chimenea. —¡Shhh! —dijo mientras se acercaba con sigilo y se agachaba bajo la ventana, antes de levantar lentamente la cabeza por encima del alféizar y atisbar con un ojo a través de la pequeña abertura. Se quedó en silencio, sobrecogido, con la boca abierta: en la chimenea ardía una hoguera. Encima de la chimenea, había una repisa sobre la que se veían varios adornos de cristal. Y a la luz de la lumbre, se podían distinguir unas sillas, un sofá, y paredes cubiertas de cuadros enmarcados de diversos tamaños. —Vamos, ¿qué ves? —preguntó Chester, nervioso, sin dejar de mirar hacia atrás a la calle vacía, mientras Will aplastaba la cara contra el sucio cristal. —¡No te lo vas a creer! —contestó, haciéndose a un lado para que su amigo lo viera por sí mismo. Impaciente, Chester pegó la nariz contra el cristal. —¡Vaya! ¡Es una habitación normal y corriente! —dijo volviéndose hacia Will, y entonces comprobó que su amigo ya se había ido de su lado y se dirigía a la fachada de la casa. Se detuvo al llegar a la esquina del edificio. —¡Eh, espérame! —susurró Chester, aterrorizado ante la posibilidad de quedarse atrás. Entre aquel edificio y el siguiente había un pequeño callejón que llegaba hasta el muro. Will asomó la cabeza por la esquina y, en cuanto se aseguró de que no había nadie, hizo una seña a Chester para dirigirse a la siguiente casa. —Ésta tiene el número ciento sesenta y seis —dijo Will al examinar la puerta de entrada, que era casi idéntica a la de la casa anterior. Se acercó de puntillas a la ventana, pero no consiguió ver nada, pues las oscuras cortinas se lo impedían. —¿Qué hay ahí? —preguntó Chester. 126