Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
—No lo sé. Nunca en mi vida había oído hablar de nada parecido —contestó Will,
mirando la enorme calle con los ojos desorbitados—. Es realmente increíble.
—¿Qué hacemos ahora?
—Creo que deberíamos... deberíamos echar un vistazo, ¿no? Es tan increíble —
repetía Will maravillado. Intentó ordenar sus pensamientos, porque estaba aturdido
con el arrebato embriagador del descubrimiento y el ansia irresistible de verlo y
explorarlo todo—. Hay que documentarlo —murmuró mientras sacaba la cámara y
empezaba a tomar fotografías.
—¡Will, no! ¡El flash!
—¡Ah, lo siento! —Dejó caer la cámara, que llevaba sujeta al cuello—. Me he
dejado llevar un poco. —Sin decir nada, cruzó entonces hacia las casas con paso
decidido. Chester siguió a su compañero, algo agachado y rezongando en voz baja
mientras miraba a todas partes en busca de alguna señal de vida.
Los edificios parecían esculpidos en el propio muro, como fósiles arquitectónicos a
medio excavar. Los tejados se fundían con el muro de detrás, que se arqueaba
suavemente y, donde uno hubiera esperado que salieran las chimeneas, había una
intrincada red de conductos de ladrillo que brotaban de los tejados, corrían por el
muro y desaparecían en lo alto, como columnas de humo petrificadas.
Mientras llegaban a la acera, el único sonido aparte de sus pisadas era un suave
zumbido que parecía proceder del mismo suelo. Se detuvieron un momento para
examinar una farola.
—Es como la...
—Sí —interrumpió Will, tocando sin darse cuenta el bolsillo donde llevaba la
esfera luminiscente de su padre, cuidadosamente envuelta en un pañuelo. La esfera
de la farola era una versión mucho más grande del mismo objeto, casi del tamaño de
un balón de fútbol. Estaba sujeta por cuatro garras sobre un fuste de hierro colado.
Como lunas epilépticas, dos polillas daban erráticas vueltas a su alrededor, batiendo
las alas sin dibujo contra la superficie del cristal.
Will se puso rígido y, echando la cabeza para atrás de forma no muy diferente a
como lo había hecho la rata sobre la rueda dentada, olfateó el aire.
—¿Qué pasa? —preguntó Chester con inquietud—. ¿Algún otro problema?
—No, es sólo que me pareció oler algo... Era un olor acre, como a amoniaco... ¿No
lo has notado?
—No —respondió Chester aspirando varias veces—. Espero que no sea venenoso.
—Bueno, fuera lo que fuera, ya ha pasado. Y estamos bien, ¿no?
—Supongo. ¿Crees que vivirá alguien aquí? —preguntó Chester levantando la
vista hacia las ventanas de los edificios.
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