Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
—Sí, claro, como si lo estuviera viendo: «¡Dos muertos en accidente de ascensor!»
—contestó Chester con aire taciturno, extendiendo las manos para señalar los
grandes titulares de un periódico imaginario—. No parece nada seguro,
probablemente no se ha utilizado desde hace años.
Sin un instante de duda, Will dio un par de saltos, y sus botas retumbaron en el
suelo de metal. Chester observó con horror el movimiento del ascensor y el ruido que
hacía.
—Ya ves que es tan seguro como una casa —dijo Will riéndose de él y, posando la
mano en la palanca que había dentro del ascensor, miró a Chester a los ojos—: ¿Qué
haces, vienes conmigo o te vuelves a pelear con la rata?
Con eso fue suficiente: Chester entró inmediatamente en el ascensor. Will corrió la
puerta tras él y tiró de la palanca hacia abajo. El ascensor volvió a dar otra sacudida,
y empezó a descender.
A través del enrejado, que se interrumpía con frecuencia en las oscuras bocas de
niveles inferiores, veían pasar hacia arriba la superficie de la roca, que se
transformaba lentamente en sombras marrones, negras, grises, ocres y amarillas.
Entre ellas corría un aire húmedo. En cierto punto, Chester alumbró con su luz hacia
arriba, a través de la reja, el hueco y los cables, que parecían dos rayos láser sucios
desvaneciéndose en la distancia.
—¿Hasta dónde calculas que llega? —preguntó.
—¿Cómo voy a saberlo? —contestó Will con brusquedad.
El caso es que pasaron casi cinco minutos antes de que el ascensor se detuviera por
fin con un golpe tan violento que les hizo rebotar contra las paredes.
—A lo mejor tenía que haber soltado la palanca un poco antes —comentó Will
disculpándose.
Chester lo miró sin comprender, como si ya no le importara nada, y después los
dos se quedaron allí de pie, mientras las luces que llevaban arrojaban siluetas
gigantescas en forma de rombos desde el ascensor a los muros.
—Allá vamos otra vez —dijo Chester suspirando mientras descorría la puerta.
Will estaba tan impaciente que se le adelantó y entró en una nueva cámara forrada de
metal, y la atravesó apresuradamente para llegar hasta la puerta que había al otro
lado.
—Es igual que la de arriba —comentó Will mientras levantaba los tres picaportes
laterales. La diferencia estaba en el número que tenía pintado la puerta: el de aquélla
era un gran cero.
Vacilando, penetraron unos pasos en la sala cilíndrica. Las botas retumbaron en el
ondulante suelo de metal y las linternas iluminaron otra puerta enfrente de ellos.
—Sólo tenemos un camino —dijo Will, avanzando hacia ella con paso decidido.
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