Tuneles Roderick Gordon 1 Túneles | Page 121

Roderick Gordon - Brian Williams Túneles entrecortadas contra las superficies del otro lado mientras presionaba el enrejado con la mano. Era muy recio. Guardó la linterna y, agarrándose al herrumbroso metal, se acercó todo lo que pudo. —Veo las paredes y creo que puedo distinguir el techo, pero... —dijo torciendo el cuello—, pero el suelo está... —Muy abajo —terminó Chester. Acercó la cara lo más que pudo al enrejado para ver mejor, y el casco rozaba con él. —Te aseguro que en los planos de la ciudad no hay nada que se parezca ni remotamente a esto. ¡No te creas que se me habría pasado por alto una cosa así! — aseguró Will, como para despejar cualquier duda que él mismo pudiera albergar. —¡Espera, Will! ¡Mira los cables! —dijo Chester subiendo la voz al ver a través del enrejado unos cables gruesos y oscuros—. ¡Es el hueco de un ascensor! —añadió con entusiasmo, animado de pronto al comprobar que, en vez de inexplicable y amenazador, lo que acababan de encontrar era algo reconocible y familiar. Por primera vez desde que dejaron la relativa normalidad del sótano de la casa de los Burrows, Chester sintió algo parecido a la seguridad, e imaginó que el hueco descendería a algo tan ordinario y simple como un túnel del metro. Hasta se atrevió a pensar que eso podía implicar el fin de su mal preparada expedición. Al mirar a su derecha localizó un picaporte y, tirando de él, deslizó una puerta que chirrió desagradablemente al desplazarse sobre su raíl. Tras descorrerla del todo, dispusieron de una vista despejada del oscuro hueco. La lamparilla de los cascos recorrió con su luz, de arriba abajo, el trayecto de los sólidos cables llenos de grasa que se hundían en la abismal oscuridad. —Hiela la sangre, ¿verdad? —dijo Chester temblando, agarrándose fuerte al borde de la vieja puerta del ascensor mientras la vista se perdía en la vertiginosa profundidad. Will apartó la mirada del hueco y empezó a buscar por la cámara de hierro que había a sus espaldas. Como suponía, encontró a su lado, en la pared, un pequeño panel de madera oscura que tenía en el centro un botón de bronce sin brillo —¡Sí! —gritó emocionado, y sin decirle a Chester una palabra apretó el botón, que tenía un tacto grasiento. No ocurrió nada. Volvió a intentarlo. Y tampoco esta vez ocurrió nada. —Chester, cierra la puerta, ¡ciérrala! —gritó, incapaz de contener la emoción. Su amigo la corrió, y Will volvió a apretar el botón. Se escuchó una vibración lejana, desde las profundidades retumbó un chasquido, y entonces los cables se tensaron y empezaron a moverse, mientras un potente aullido procedente del motor, 121