Roderick Gordon - Brian Williams
Túneles
—¿Has oído eso? —susurró Chester mientras dirigían las luces en dirección al
sonido. Will se internó un poco más en la caverna, pisando con cuidado en el suelo
irregular, ahora invisible bajo la superficie del agua.
—¿Qué sería? —preguntó Chester casi sin voz.
—¡Silencio! —lo detuvo Will, y ambos escucharon, mirando a su alrededor.
Un repentino movimiento y un chapoteo los asustó. Después, una cosa blanca y
delgada saltó del agua y corrió por una de las vigas de metal y luego se detuvo en lo
alto de una enorme rueda dentada. Era una rata grande, con la piel inmaculadamente
blanca y brillante y grandes orejas de color rosa encendido. Se pasó una pata por el
hocico y sacudió la cabeza esparciendo por el aire una infinidad de gotitas de agua. A
continuación se irguió sobre las patas traseras, olfateando y moviendo los bigotes a la
luz de las antorchas.
—¡Mira, no tiene ojos! —susurró Will, emocionado.
En respuesta, Chester se estremeció. Estaba claro: donde deberían haber estado los
ojos, no había más que piel blanca y brillante, sin tan siquiera una leve muesca.
—¡Puaj, es repugnante! —exclamó Chester, dando un paso atrás.
—Evolución adaptativa —contestó Will.
—¡Me da igual lo que sea!
El animal movió la cabeza en dirección a la voz de Chester. Después, de repente,
escapó zambulléndose en el agua y nadando hasta la orilla opuesta.
—¡Estupendo! Seguramente va a buscar a sus amigas —dijo el muchacho—.
Seguro que vienen a montones dentro de un momento.
Will se rió.
—¡No era más que una cochina rata!
—No era una rata normal. ¿Habías oído hablar alguna vez de ratas sin ojos?
—Vamos, señorita, ¿no recuerda la canción de Los ratoncitos ciegos? —dijo Will
con una sardónica sonrisa mientras comenzaban a recorrer la curvada orilla,
alumbrando con las linternas los rincones y grietas de las paredes y el techo. Chester
caminaba con miedo entre las rocas y los desechos de hierro, mirando cada poco tras
él por si llegaba el imaginario ejército de ratas sin ojos.
—¡Dios, odio este sitio! —gruñó.
Al acercarse a la oscuridad en el extremo de la gruta, Will aceleró el paso. Chester
hizo lo mismo, decidido a no quedarse atrás.
—¡Esto es demasiado! —Will se paró en seco y Chester chocó contra él—. ¡Mira
eso, no te lo vas a creer!
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