Roderick Gordon- Brian Williams
Túneles
los dedos con una expresión de disgusto. Will se rió, haciendo ruido al golpear con el pulpejo de la mano contra una estalactita.
— Parece increíble que sea realmente roca, ¿ no?
— Y toda la gruta está hecha de lo mismo— comentó Chester, volviéndose para mirar más allá de la pared. Tembló ligeramente porque el aire era fresco, y arrugó la nariz. Toda la gruta olía a humedad y a cerrado, un olor nada agradable, pero a Will le olía al dulce aroma del triunfo. Siempre había soñado con encontrar algo importante, pero aquella gruta sobrepasaba todas sus expectativas. Estaba tan eufórico como si se hubiera emborrachado.
—¡ Sí!— dijo dando manotazos al aire en señal de triunfo. En aquel momento, allí en la gruta, se sentía el gran aventurero que siempre había soñado ser, como Howard Cárter en la cámara mortuoria de Tutankamón. Miraba a todos lados intentando verlo todo a la vez—. ¿ Sabes?, probablemente han hecho falta miles de años para que se forme todo esto...— balbuceó Will, dando un paso atrás y parándose al notar que su pie se había enganchado en algo. Se agachó un poco para ver qué era: se trataba de un pequeño objeto que sobresalía de la suave superficie caliza. Oscuro y escamoso, su color invadía la pálida blancura de su entorno. Intentó liberar el pie, pero los dedos se le resbalaban. Aquello no cedía ni un milímetro.
— Alumbra aquí, Chester. Parece un tornillo oxidado o algo así. Pero es imposible.— Eh... tal vez te interese ver esto...— respondió su amigo con voz temblorosa.
En el centro de la gruta, de la parte más profunda de la turbia charca, se alzaban los restos de una gran máquina. Las linternas de los chicos descubrieron filas de grandes ruedas dentadas de color marrón rojizo, que se mantenían unidas dentro de los restos de un desvencijado armazón de hierro fundido, tan alto que lo tocaban algunas de las estalactitas que bajaban del techo. Parecía como si hubieran destripado y dejado morir una locomotora.
—¿ Qué diablos es?— preguntó Chester mientras Will se quedaba callado a su lado, examinando la escena.
— No tengo ni la más remota idea— respondió Will—. Y hay hierro a montones por todas partes. ¡ Mira!
Fue recorriendo con la linterna la orilla del agua, hasta donde podía llegar la luz. Su primera impresión fue que algún mineral veteaba la orilla de la charca, pero al observar más detenidamente vio que estaba llena de tornillos como el que acababa de encontrar, todos dotados de gruesas cabezas hexagonales. Además, había ejes e incontables piezas de fundición, pequeñas e irregulares. El óxido rojo de aquellos hierros se mezclaba con manchas más oscuras, como de tinta, que Will supuso que serían de aceite.
Mientras permanecían allí, en silencio, asombrados, examinando aquel inapreciable tesoro escondido, distinguieron un débil sonido de raspado.
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