Tom Sawyer
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Mark Twain
Hubo una larga pausa, mientras los muchachos controvertían el tema interiormente.
Después, quedamente, prosiguió Tom:
-Dime, Huck ¿crees que Hoss Williams nos oye hablar?
-Claro que sí. Al menos, nos oye su espíritu.
Tom, al poco rato:
-Ojalá hubiera dicho el señor Williams. Pero no fue con mala intención. Todo el
mundo le llamaba Hoss.
-Hay que tener mucho ojo, en como se habla de esta gente difunta, Tom.
Esto era un jarro de agua fría y la conversación se extinguió otra vez. De pronto
Tom asió del brazo a su compañero.
-¡Chist!...
-¿Qué pasa, Tom? -Y los dos se agarraron el uno al otro, con los corazones
sobresaltados.
-¡Chitón!... ¡Otra vez! ¿No lo oyes? Yo...
-¡Allí! ¿Lo oyes ahora?
-¡Dios mío, Tom, que vienen! Vienen, vienen de seguro. ¿Qué hacemos?
-No sé. ¿Crees que nos verán?
-Tom, ellos ven a oscuras, lo mismo que los gatos. ¡Ojalá no hubiera venido!
-No tengas miedo. No creo que se metan con nosotros. Ningún mal estamos
haciendo. Si nos estamos muy quietos, puede ser que no se fijen.
Ya lo haré, Tom; pero ¡tengo un temblor!
-¡Escucha!
Los chicos estiraron los cuellos, con las cabezas juntas, casi sin respirar. Un
apagado rumor de voces llegaba desde el otro extremo del cementerio.
-¡Mira! ¡Mira allí! -murmuró Tom-. ¿Qué es eso?
-Es un fuego fatuo. ¡Ay, Tom, qué miedo tengo!
Unas figuras indecisas se acercaban entre las sombras balanceando una antigua
linterna de hojalata, que tachonaba el suelo con fugitivas manchas de luz. Huck
murmuró, con un estremecimiento:
-Son los diablos, son ellos. ¡Tom, es nuestro fin! ¿Sabes rezar?
-Lo intentaré, pero no tengas miedo. No van a hacernos daño. «Acógeme, Señor, en
tu seno...»
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Preparado por Patricio Barros