Tom Sawyer
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Mark Twain
Los niños se fueron a la escuela y la anciana a visitar a la señora Harper y aniquilar
su escéptico positivismo con el maravilloso sueño de Tom. Sid fue lo bastante listo
para callarse el pensamiento que tenía en las mientes al salir de casa. Era éste:
-Bastante flojito... Un sueño tan largo como ése, y sin una sola equivocación en
todo él.
¡En qué héroe se había convertido Tom! Ya no iba dando saltos y corvetas, sino que
avanzaba con majestuoso y digno continente, como correspondía a un pirata que
sentía las miradas del público fijas en él.
Y la verdad es que lo estaban: trataba de fingir que no notaba esas miradas a oía
los comentarios de su paso; pero eran néctar y ambrosia para él. Llevaba a la zaga
un enjambre de chicos más pequeños, tan orgullosos de ser vistos en su compañía
o tolerados por él como si Tom hubiese sido el tamborilero a la cabeza de una
procesión o el elefante entrando en el pueblo al frente de una colección de fieras.
Los muchachos de su edad fingían que no se habían enterado de su ausencia; pero
se consumían, sin embargo, de envidia. Hubieran dado todo lo del mundo por tener
aquella piel curtida y tostada por el sol y aquella deslumbrante notoriedad; y Tom
no se hubiera desprendido de ellas ni siquiera por un circo.
En la escuela los chicos asediaron de tal manera a Tom y Joe, y era tal la
admiración con que los contemplaban, que no tardaron los dos héroes en ponerse
insoportables de puro tiesos a hinchados.
Empezaron a relatar sus aventuras a los insaciables oyentes...; pero no hicieron
más que empezar, pues no era cosa a la que fácilmente se pudiera poner remate,
con imaginaciones como las suyas para suministrar materiales. Y, por último,
cuando sacaron las pipas y se pasearon serenamente lanzando bocanadas de humo,
alcanzaron el más alto pináculo de la gloria.
Tom decidió que ya no necesitaba de Becky Thatcher. Con la gloria le bastaba.
Ahora que había llegado a la celebridad, acaso quisiera ella hacer las paces. Pues
que lo pretendiera: ya vería que él podía ser tan indiferente como el que más. En
aquel momento llegó ella. Tom hizo como que no la veía y se unió a un grupo de
chicos y chicas y empezó a charlar. Vio que ella saltaba y corría de aquí para allá,
encendida la cara y brillantes los ojos, muy ocupada al parecer en perseguir a sus
compañeras y riéndose locamente cuando atrapaba alguna; pero Tom notó que
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Preparado por Patricio Barros