Tom Sawyer
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Mark Twain
todas las capturadas las hacía cerca de él y que miraba con el rabillo del ojo en su
dirección. Halagaba aquello cuanta maligna vanidad había en él, y así, en vez de
conquistarle no hizo más que ponerle más despectivo y que con más cuidado
evitase dejar ver que sabía que ella andaba por allí. A poco dejó Becky de loquear y
erró indecisa por el patio, suspirando y lanzando hacia Tom furtivas y ansiosas
ojeadas. Observó que Tom hablaba más con Amy Lawrence que con ningún otro.
Sintió aguda pena y se puso azorada y nerviosa. Trató de marcharse, pero los pies
no la obedecían y, a pesar suyo, la llevaron hacia el grupo. Con fingida animación
dijo a una niña que estaba al lado de Tom:
-¡Hola, Mary, pícara! ¿Por qué no fuiste a la escuela dominical?
-Sí fui; ¿no me viste?
-¡Pues no te vi!; ¿dónde estabas?
-En la clase de la señorita Peters, donde siempre voy.
-¿De veras? ¡Pues no te vi! Quería hablarte de la merienda campestre.
-¡Qué bien! ¿Quién la va a dar?
-Mamá me va a dejar que yo la dé.
-¡Qué alegría! ¿Y dejará que yo vaya?
-Pues sí. La merienda es por mí, y mamá permitirá que vayan los que yo quiera; y
quiero que vayas tú.
-Eso está muy bien; ¿y cuándo va a ser?
-Pronto. Puede ser que para las vacaciones.
-¡Cómo nos vamos a divertir! ¿Y vas a llevar a todas las chicas y chicos?
-Sí, a todos los que son amigos míos... o que quieran serlo -y echó a Tom una
mirada rápida y furtiva; pero él siguió charlando con Amy sobre la terrible tormenta
de la isla y de cómo un rayo hendió el gran sicomoro «en astillas» mientras él
estaba «en pie a menos de una vara del árbol».
-¿Iré yo? -dijo Gracie Miller.
-Sí.
-¿Y yo? -preguntó Sally Rogers.
-Sí.
-¿Y también yo? -preguntó Amy Harper. ¿Y Joe?
-Sí.
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Preparado por Patricio Barros