Cuento
Carlos Alberto Sánchez Guillén
Ha llegado la hora. Viene espantando los caminos trascurridos de alguna
vez, las pisadas son muy profundas, pero mi contento no tiene la menor idea
de miedo, es mi acabar con toda la existencia de un solo golpe. Los chillidos
salen corriendo, la oscuridad emite una presencia ajena al filo del otro mundo,
de pronto se contagia el alboroto de ladridos, he olvidado mi cuerpo o tal vez
ya no me reconocen, los ojos los mantuve encendidos.
Se deteriora una zanja en el exterminio. Roberto me llamaron porque así
se llamaba el padre, era el único a quien los saludos le llegaban con una buena
sazón, sus ojos pardos y su peinar de costado son los que lo distinguía.
Jugaba entre los trenzados arbustos, que a la vez servían de muro en
estos recintos de gran extensión sin dueño alguno, me entretenía en juegos de
pistolas que dejaba por el aro y los riachuelos que brillaban humeantes ante el
calor. Con qué tino cogí la escopeta, nada más quería jugar a matarte Luzmila,
en un momento golpeado por un instante sentí apagado el tiempo, la sonrisa
que chakchaba la coca a la vuelta de una sombra que apenas filtraba, se clavó en