—Pero el señor Crisóstomo es muy malo ¿y si nos manda a sus perros?
Juan en respuesta solo sonrió, aquella, fue la última vez que vi a mi
hermano con tanto amor en la mirada.
Esa madrugada antes de que el cielo aclarase, desayunamos un puñado
de cancha con algo de queso y nos llevamos otro puñado para el camino. Des-
pués de alistar las mantas y un pico casi roto salimos de casa.
Cuando cumplí los 2 años mi hermano me fabricó una especie de can-
guro hecha de madera; pues desde esa edad perdí toda sensibilidad en las pier-
nas. Estaba tan flaca que podía llevarme a todas partes en su espalda.
En el trayecto nos encontramos con el “Trucha”; así le conocían en el
pueblo al hijo de mi tía Alberta.
—¡Miren! ahí van los huérfanos, quieren ganarnos la comida- les gritaba
a sus amigos.
—No les hagas caso hermanita, apurémonos para que no nos molesten
—intentaba calmarme.
—Yo no me aguantaba los insultos y como podía les respondía.
—Tranquila panicha 3 no te muevas tanto que te puedes caer.
¡Shimisapa Walas’h chikishnila patayumi kanki! 4
Grité muy fuerte una y otra vez que los perros de la chacra vecina empe-
zaron a ladrar como quien espanta a un demonio.
—Aún hablas en quechua ¡Niña tonta! deberías ir a la escuela. Ahora
vendrán los perros haber que les dices para que no te devoren junto al cobarde
de tu hermano —burlándose escaparon del lugar.
Los perros se acercaban a la velocidad de las aves que huían de ese lugar,
pensé que ese era el final de nuestro viaje, sabíamos que no había nadie quien
pudiese salvarnos de tal jauría de bestias salvajes.
Mi hermano intentó correr lo más rápido que pudo, pero el peso muerto
que llevaba en la espalda hizo que cayéramos contra un montón de lodo, me
abrazó tan fuerte y esperamos nuestra suerte. Por ratos levantaba la mirada al
cielo y oraba.
—Taytacha 5 cuídanos, mamay 6 , cuídanos —una y otra vez.
—Caray los confundí con ladrones —dijo el dueño con los perros enca-
3 Mi hermanita
4 Niño bocón, tienes barriga como una hormiga.
5 Madre.
6 Padre.