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cantidad de coca, ron y cigarro, lo cubrimos con hierbas que estaban botadas en su contorno y así impedimos el ingreso de esos animales al puquio. —¡Pronto mujer pásame la soga, la bestia quiere escapar! —grité. —Mójalo con ron así será más fácil de atraparlo yo sacaré la manta, lo cubriré y le arrojaré la coca que estoy mascando. —Todo tiene que ser muy rápido antes que se den cuenta los demás animales. De pronto la bestia, al darse cuenta de nuestra presencia, corrió hacia nosotros. —¡Animal del infierno no me ganarás te voy a vencer y todo esto será mío! Los demás animales, cual manada siguiendo a su líder, corrieron tras él. Recordando a la gente de San Juan y todo lo que me hicieron tomé un último aliento, lancé la cuerda y atrapando a la bestia del cuello lo golpeé con una roca, y los demás animales al ver ello se fueron convirtiendo en mansas mascotas. Todo había terminado o eso creí. Saltando y gritando intenté besar a mi esposa, ella con la cabeza agachada y con lágrimas en los ojos dijo que algo más está por suceder, premonición o no, ya no me importaba, ¿Qué más nos pasaría? Si ya nos habíamos enfrentado a las mismas bestias del diablo. —Tranquila mujer, cumplimos con todo los que nos dijo el padre de Paracsha, mira los bellos animales que nos rodea, ahora éste será nuestro ho- gar, viviremos muy felices. No temas esta historia termina aquí, otra está por comenzar. —Acaso no te das cuenta el sacrificio que pagamos por nuestra ambi- ción. —¿Qué cosa? —¡Mira a tus hijos! Lloraba sin consuelo. Era cierto, la ambición hizo que uno de nuestros hijos desaparezca para siempre. Nunca olvidaré las palabras del demonio: “Tendrás que hacer un enor- me sacrificio”, me dijo y yo como todo ambicioso acepté. 144