De pronto un fuerte temblor sacudió las cordilleras, parecía que todas
ellas nos estaban rodeando, la luna era la única que con sigilo buscaba darnos su
apoyo; pues aclaró la oscuridad, sabíamos que teníamos que prepararnos para
nuestra batalla contra el miedo y salir airosos de ello.
—Llegó la hora- dije mirando la paloma blanca de cuello negro que vo-
laba con tanta velocidad hacia nosotros exclamando gritos horribles como si
fuera un alma en condena.
—¡Vete de aquí maldita y repugnante ave! ¡Fuera maldito demonio de las
montañas!
Abriendo su enorme boca como queriendo contestarnos se retiró.
El llanto de mis hijos por todo lo sucedido nos daba aliento para seguir
en esa batalla, estaba seguro que venceríamos.
El sonido de los ecos apareció una vez, lentamente, muy lentamente, y
con ellos también aparecían los cuatro puquios en diferentes direcciones, de
cada uno brotaban aguas negras acompañadas de enormes piedras en figuras
de animales, solo una de ellas emanaba una voz extraña.
—Esa es Jerónimo, ese puquio es.
—Ustedes se quedarán aquí y cuando nosotros nos alejamos, Iván ten-
drás que contar hasta 150 y luego cerraras los ojos, por más que escuchen gri-
tos desesperados permanezcan ahí sin hacer ni un solo movimiento, hasta que
nosotros regresemos.
—Está bien padre, así lo haremos —dijo viéndonos con ojos llenos de
lágrimas.
Salimos entonces a luchar contra el cerro poderoso. Al acercarnos el
sonido del eco era más intenso y como lo suponíamos del puquio indicado
empezaron a salir muchos animales gigantes de pelaje brillante como el oro y
dientes hambrientos que llamaban al miedo, uno de ellos era el qué buscábamos
y por fin salió como un rayo.
—Estos animales son demonios, hijos del diablo, monstruos que nos
quieren hacer daño- exclamaba haciendo un soplido con mi ron al aire.
Repitiendo eso esperamos hasta que saliera el ultimó animal del puquio;
las aguas negras que brotaban se calmaron y quedó un lugar tranquilo y desha-
bitado, aprovechamos ese momento y corrimos a tapar el puquio con el pan-
talón de bayeta y el fustán de lana de mi esposa, alrededor dejamos una gran
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