cerro hizo que llorara como un niño engreído.
—Tenías razón Isabel, nunca hay que perder las esperanzas.
Al darnos cuenta; frente a nosotros el cerro se abría
—¡Vamos rápido! Que ya podemos pasar —grité y cargando a mis dos
hijos cruzamos el último cerro.
Al acercarnos los ecos retumbaban al mismo compás.
—Esa es la señal —dijo Isabel escuchando los ecos que venían de dife-
rentes direcciones.
—¡Aún no! recuerda que debemos encontrar a la paloma blanca con el
cuello negro.
—Pero Jerónimo, no hay nada, solo se ven piedras y más piedras además
ni los cuatro puquios se ven, cómo atraparemos a los animales que dijo.
—Calma Isabel solo nos queda esperar, a ver qué pasa.
Y así nos quedamos sentados en la misma entrada a Ti nquicocha ¿Qué
podíamos hacer? sólo nos quedaba esperar, sabía que esa noche sería las más
larga de todo nuestro viaje.
—¿A dónde vas? —Preguntó Isabel.
—Tranquila que ya regreso, descansa que la noche será muy larga —di-
ciendo me alejé de ellos.
Al alejarme lo suficiente saqué mi coca y el ron e inicie el pagapu.
—¡Bien por ti amigo mío, bien por ti! —susurró una voz entre las som-
bras.
—Cuando uno obedece todo lo que se ordena no tendrá problemas,
antes que me vaya déjame decirte que nunca por nunca te dejes manipular
por las palabras de un cerro todo poderoso, al contrario se más astuto que él y
así terminarás venciéndole y serás el único ganador de todo, sin perder nada-
susurrando se perdió con el viento.
Sin entender lo que realmente me quiso decir regresé.
—¿Dónde estabas? —preguntó mi mujer.
—Solo fui a caminar un rato- respondí.
—No lo vuelvas hacer, está muy oscuro y no se ve nada.
No le respondí, solo me acerqué a ella y la abracé, de ratos las palabras de
aquel cerro me atormentaban ¿Qué me quiso decir?
142