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gritaba de ratos al cielo exclamando a mi padre su aparición. Después de tanto esperar el sonido de los ecos, y los cantos de las aves negras aparecieron con mucha intensidad en dirección a la tierra que reinaría. —¿Te hice esperar mucho? —me dijo, yo era el único que lograba escu- charlo. Esa tarde la incertidumbre de cómo aparecería me llenaba de curiosidad pues hablaba desde las sombras. —Llegaron al lugar que les prometí. A partir de este punto no les volve- ré a ayudar, quiero comprobar cuan valiente eres. —Pero me prometiste muchas riquezas si llegaba a Tinquicocha. —Y así lo hice. —¡Eres un farsante charlatán! —grité furioso. —Espero que sigas manteniendo ese mismo carácter… cuida bien a tus hijos que ellos no tienen la culpa de la decisión que tomaste, adiós. —Usted nos trajo, se burló de nosotros igual que los del pueblo. ¡Mal- dito demonio! —¿Jerónimo, qué te pasa? —Se acabó todo, nos engañó un simple y miserable Apu nos engañó. —No sé si será suerte o cosas escritas por el destino, pero nosotros mis- mos podemos escoger y cambiar nuestros destinos. De pronto sonó un eco como si alguien estaría tocando dos trompetas con distintas melodías, los sonidos eran intensos; las melodías eran hermosísi- mas y así nuevamente el destino me tenía guardado una sorpresa. —Mi madre me enseñó que nunca debemos perder las esperanzas y en cada desgracia que padeces debes ser valiente y dejar a un lado la cobardía y superar lo trágico —dijo Isabel mientras se secaba las minúscula lágrimas que derramaba. Ella hablaba de esa forma cada vez que pasaba algo. Aquellas palabras tal dulces y tiernas me dieron fuerzas para tomar una decisión. —¡Vamos!, tenemos que regresar, es imposible pasar, ya verás cómo sal- dremos adelante y como dijo tu madre nunca hay que perder las esperanzas. ¡Papá, papá! Mira lo que pasó ya podemos pasar me dijo mi hijo mayor. No sé cómo explicarlo, la emoción al ver que ya podíamos pasar el tercer 141