la oportunidad de vengarte. Sé valiente, no dudes de lo que vas hacer porque tu
miedo será tu peor enemigo ten fe.
—Señor, cómo podré agradecerle todo esto, me queda poca coca y mi
ron se está terminando, ellos son los únicos que me llenan de fuerzas.
—La gente ha sido muy cruel contigo, fuiste valiente al momento de salir
de San Juan y ahora sigue con esa misma valentía que tu reinado está a punto de
llegar, solo te falta aquel cerro y acabará tu desgracia —dijo indicando el tercer
cerro. Cerré mis ojos y mis lágrimas marcaban mi rostro.
—Tendré que hacerlo —reflexioné.
Habíamos caminado lo que nunca nos imaginábamos, ya era muy tarde
para echarnos para atrás. El hombre desaparecía lentamente en el horizonte y
los bancos de piedras sufrían una metamorfosis, pues se convirtieron en coca
muy dulce y en tres urpos llenos de ron.
Agarré los dos sacos pequeños llenos de coca y regresé a la choza.
—¡Isabel, Isabel! ¡Vamos, levántate que ya amaneció! Además ya tene-
mos nuestra coca y el ron.
Ella me miró sorprendida, pues la pregunta rondaba en su cabeza.
—¿Cómo los conseguiste?
—¡Ay, mujer!, es mi propia suerte, solo eso.
Y así salimos, esa mañana el sol nuevamente acompañó nuestro cami-
no. Cogimos la poca comida que había sobrado y marchamos al último cerro.
Al medio día llegamos al último cerro que faltaba y por fin nuestra mar-
cha había terminado. El cerro era muy parecido a los dos anteriores; aunque de
tamaños distintos, ahí comprendí por qué tenían esos nombres.
Se suponía que al llegar al tercer cerro Ninacaca todas nuestras desgracias
terminarían pero estaba equivocado.
—¡Aquí no hay nada! ¡Nada! —exclamó Isabel con tanta furia.
Era cierto no había nada; simplemente era un cerro como cualquier otro,
no había ninguna entrada para pasar y llegar Tinquicocha.
—Tranquila mujer que asustarás a los niños. Lograremos pasar ya veras,
nuestro padre de Paracsha no nos abandonará, ten fe que nuestra riqueza está
detrás de este Ninacaca.
Al pasar las horas, el frío se hacía más intenso, así que abracé a mi es-
posa e hijos, la impotencia de no poder hacer nada me llenaba de furia, así que
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