—Buenas noches —grité cerca de la choza pero nadie contestaba.
—Jerónimo, el perro desapareció, seguro que fue a buscar a su dueño.
—Pues sí.
—Hola, hola, no le incomodaremos, solo estamos de pasada, nos diri-
gimos al cerro Tinquicocha. Mis hijos tiene hambre por favor necesitamos su
ayuda —grité, pero nadie hacía caso.
Ingresé a la choza y me llevé una enorme sorpresa, se podía ver una mesa
llena de exquisita comida, no era pan de cada día.
—¿Quién habrá dejado todo esto? —me pregunté.
Llamé a mis hijos y comenzaron a degustar todo lo que encontraban y en
mi silencio me puse a orar.
—Padre de Paracsha, eres testigo de que yo no soy un ladrón ni un mal
hombre, solo busco algo de comida para mis pequeños.
Agarré algunos trozos y con temor las ingerí pues alguien podría venir a
reclamar la comida.
Pasamos la noche ahí, a la mañana siguiente me levanté muy temprano,
salí y fui a divisar si alguien venía y masticando mi coca sentado en los bancos
de piedra, y de pronto alguien habló a mis espaldas.
—Veo que pasaron la noche aquí y también que se terminaron toda la
comida.
—Disculpe seño r, llegué en la noche con mi familia pero al ver que nadie
salía de aquí ingresé y encontramos una mesa servida con deliciosa comida, lo
siento, le juro que le pagaré todo —imploré.
Levanté la cabeza y él estaba parado ahí cubierto de pelaje negro y za-
patos blancos. Parecía, que ya lo había visto antes. Lo curioso es que tenía las
mismas características del animal que había huido la noche pasada.
—Sabía que vendrían por eso les preparé este banquete y me fui. Me
gustó la coca que arrojaste en mi cabeza ayer por la noche. Nadie vive aquí y el
camino a Tinquicocha es muy largo descansen y recuperen sus fuerzas.
—¿Cómo sabe que estamos yendo ahí? ¿Quién es usted mi señor? ¿Por
qué sabe eso?
—No olvides todo lo que te dijo el señor de sombrero blanco que se te
apareció hace tres días, tienes que cumplir todo sin fallas, si no lo haces perderás
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