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—Jerónimos los niños ya están cansados hay que detenernos. —Si nos quedamos aquí moriremos de frío además tenemos que buscar algo de comer, tal vez más adelante encontremos algo. Cargué al mayor y mi esposa al menor y no dejamos que la fatiga nos derrumbe. Así llegamos al segundo cerro de Ninacaca. —Es el segundo solo falta uno para cambiar nuestro destino- dije con mis labios junto a los suyos —¿Y si todo lo que nos dijo es falso? —Nunca dudes de lo que dijo el padre Paracsha. Además no perdemos nada con ir ahí. Pasamos el segundo cerro y el sol se ocultaba, la noche nos estaba ro- deando y asechando. —Bueno nos quedaremos aquí —les dije. En eso apareció un perro negro con patas blancas que corrió hacia no- sotros como quien quiere atacar a un enemigo, me puse delante de mis hijos y grité con una roca en la mano. —¡Alto, alto! Pero hizo caso omiso y siguió corriendo. —Jerónimo los niños tienen miedo. Agarré la coca que estaba en el bolsillo de mi casaca y lo arrojé con tanta furia una y otra vez sobre él. Ello hizo que el animal se tranquilizara, se acercó lentamente y empezó a acariciarnos. —Tranquilos el padre Paracsha nos puso esta prueba para demostrarle si somos dignos de él. Una paloma blanca con cuello negro y ahora un perro negro con patas blancas, en fin, entendí que todo era una prueba para llegar con nuestro padre. Seguimos caminando y de pronto vimos una choza muy vieja y descui- dada. —Allá pasaremos la noche. Nos dirigimos a ese lugar. El perro contento guiaba nuestro camino, por ratos recordábamos que no habíamos ingerido ni un sorbo de agua. —Todo este sacrificio que estoy haciendo pasar a mi familia valdrá la pena; será verdad todo lo que nos dijo el señor padre —dije para mí. 138