miedo crecía cada vez más, por un momento me olvidé de todo, incluso de que
tenía una familia que me estaba esperando para ir al lugar que supuestamente
cambiaría nuestro destino.
—¿Qué deseas padre de Paracsha?
De rato en rato me arrodillaba en el lugar donde apareció el señor mon-
tado en el caballo, la coca que tenía en la boca estaba seca y amarga, mis manos
hacían lo imposible para coger la botella de ron. La tenue oscuridad me con-
sumía por completo y ahí a mis espaldas una sombra cual procesión de santos
se acercaba lentamente, quise dar un grito que espante hasta al más vil corazón
que pueda existir, creo que el desmayo aparecerá y no podré levantarme, pues
esa sombra ya estaba tras de mí.
—Jerónimo ¡Jerónimo estás ahí! ¡Jerónimo, contesta por favor!
Era mi esposa quien regresó al notar que me había demorado mucho.
—¡Estoy aquí! —grité con todas mis fuerzas pero parecía que ella no me
escuchaba pues no me daba ninguna respuesta.
Sus gritos hicieron que me tranquilice.
—¿Dónde estás? Seguía gritando y por fin al llegar me encontró arrodi-
llado con el ron en la mano.
—¿Qué haces? Hace un ahora que te estamos esperando y no llegabas…
Ahora te encuentro arrodillado y con el ron en la mano —me recriminaba.
—Nada mujer, ayúdame a ponerme de pie, tenemos que ir al cerro Tin-
quicocha que ya es tarde.
Salimos de prisa y los recuerdos de la cueva estaban en mi cabeza, sabía
que si le contaba a Isabel se iba a asustar y el viaje hubiese acabado antes de
empezar.
—Papá, papá —corrieron mis hijo al verme. Les di un abrazo muy fuer-
te y un perdóname resonó en el aire. Sabía que algún día las lágrimas de ellos
iban a cobrar su venganza.
Miré al cielo y el sol ya daba el medio día. Caminamos y caminamos
hasta llegar a los cerros Ninacaca. Pues sí, para poder llegar a nuestro destino
tendríamos que pasar por los tres gemelos cerros “Ninacaca uno”, “Ninacaca
dos” y “Ninacaca tres”.
Después de ratos, caminando sin descanso, llegamos al pie del primero y
decidimos atravesarlo.
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