ció y mi cuerpo se adormecía lentamente, la sombra se hacía más clara y por
fin apareció un hombre montado en un caballo vestido de negro, en la cabeza
lleva un sombrero grande de color blanco.
— Buenas noches mi estimado amigo, ¿Qué haces en esta cueva? — pre-
guntó.
— Señor es que me echaron de mi pueblo nos estamos yendo muy lejos
de aquí porque ya no podíamos soportar las críticas de toda esa gente.
— Se lo que te pasó, si me obedeces te juro que la gente de San Juan se-
rán tus trabajadores y tú serás el único dueño y señor de todo este valle ¿Estás
dispuesto a hacer lo que te mande?
— Yo puedo trabajar en todo, lo único que quiero es que mi familia tenga
algo de comer.
— Muy bien mi querido amigo escucha lo que te voy a decir. Antes que
amanezca te daré una señal para que salgas de aquí, aparecerá una paloma
blanca con el cuello negro, cuando veas solo a esa paloma tendrás que salir, tal
vez puedan aparecer muchas parecidas a ella; pero tienes que darte cuenta de la
mancha negra y te dirigirás al cerro Tinquicocha.
Al llegar verás cuatro puquios de cada uno de ellos brotarán aguas negras.
De esas cuatro hay una especial, al momento de que se levanten esas aguas ne-
gras sonará un eco con una voz extraña solo una emana ese sonido, tienes que
saber cuál es, sé valiente amigo mío.
Diciendo eso se marchó.
— Gracias mi señor, haré lo que me dijiste.
Pasamos la noche esperando a que llegue la señal. A la mañana siguiente
muchas palomas parecidas a la que me dijo volaron hacia el cerro Tinquicocha.
Después de tanto esperar observamos a la paloma blanca con el cuello negro.
— Vamos ya llegó la señal, dije. Tenemos que tener fe en lo que nos dijo
el hombre.
Isabel despertó a los niños, los arropó con una manta y salió de la
cueva.
— Ve adelantando mujer, ahora te alcanzo — dije.
Me quedé un momento en la cueva, en ese instante el temor se hacía
presente, nunca me había pasado eso. La aparición de aquel hombre era solo un
mito en mi pueblo, reflexionaba de ello entre mis recuerdos de infancia y nue-
vamente mi cuerpo se volvió a adormecer. Un fuerte viento apagó la fogata y el
136