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regadío. No sé si será mi mala suerte o talvez buena suerte. —¡Jerónimo, Jerónimo! Levántate, ya calmó la lluvia ,vayamos a ver las chacras. Gritaba mi esposa. Desesperado cogí una manta y salí a ver mis terrenos. Al llegar un te- rreno baldío me esperaba cruzada de brazos. No había quedado absolutamente nada, lo había perdido todo. Eran las cosechas de toda mi vida, sin ello no sabía cómo sacar adelante a mi familia. Isabel mi esposa, regresó a casa, se acercó a nuestros hijos y lloró desconsoladamente. Pasaron tres semanas la comida que teníamos se estaba acabando. No teníamos más que una casa fría, una casa con recuerdos. Los vecinos, de rato en rato, soltando una carcajada pasaban por delante. — ¡Pobrecitos, muertos de hambre! No merecen vivir en San Juan, bus- quen otro lugar donde hayan persona despreciables como ustedes — decían. Las críticas día a día eran más y más. Nosotros, ya cansados de esa situación, agarramos las pocas cosas que teníamos y salimos del pueblo, una bolsita de coca, mi cigarro y una botellita de ron nos acompañaron en la búsqueda de una vida mejor. Al salir de ahí juré y perjuré que todos me las iban a pagar. — Se arrepentirán, ya lo verán, se arrodillarán y me pedirán un plato de comida y nunca les daré nada, les echaré de mi lado como ustedes lo están haciendo conmigo. Mis lágrimas cayeron sobres mis tierras arenosas, el camino era muy lar- go y sin rumbo. Ya no había marcha atrás. Ya de tarde el camino era muy peli- groso no podía arriesgar a mi familia, nos alojamos en una pequeña cueva que encontramos. La lluvia comenzó y el frío era insoportable. Con la ayuda del ron prendí una fogata para calentarnos, saqué mi coca, el cigarro, y empecé a mas- ticar, mi fiel esposa arropaba a mis hijos con una manta vieja. Esa noche pasó algo que cambió nuestras vidas por completo. A lo lejos se escucharon ruidos que cada vez se acercaban más. — Jerónimo qué está pasando, y esos ruidos ¿de dónde son? — Tranquila mujer no pasa nada, además qué nos podrían hacer a noso- tros si no tenemos nada, vamos cálmate que los niños se van despertar. Agarré un puñado de coca y dejé que el padre de Paracsha nos cuide y nos proteja. Pero los pasos se escuchaban junto a la cueva, una sombra negra apare- 135