Cuento
Luis Delao Paitampoma
–Ya falta poco patroncito.
El frío carcomía mis ganas de llegar, mis manos se escapan a mis bolsillos cual
gaviota en peligro y mi respiración agitada preguntaba cada dos segundos
–¿Ya llegamos?
Parecía que Pedro había perdido toda sensibilidad en la piel, pues mientras yo
me retorcía para darme un poco de calor, él saltaba y me contaba historias de un valle
lleno de fantasías.
–Tome, mi pulluta 1 patroncito.
Sacó un pequeño abrigo que llevaba envuelto en su morral
–Gracias.
Pedro me recordaba a mi padre; él siempre me hablaba de su tierra natal y por
fin tenía la oportunidad de conocer esas historias que vagaban en mis almohadas.
Seguimos caminando, al rato llegamos a una especie de cabaña, poco acogedora
pero con un alma que me podría salvar de aquel frío.
–Aquí descansaremos un poco patrón –exclamó desvaneciendo lentamente en
la densa niebla.
– ¿A dónde vas?
– Cerquita nomás patrón, espéreme.
El frío hizo que me cobije en un rincón a recordar las historias de mi padre; el
correr por el campo retando al viento, montar a caballo, conocer al verdadero sol. An-
tes que mi padre fallezca me hizo prometer que volvería al autor de su libro de historias.
Al rato sentí como una sombra se acercaba; sigilosa como en procesión de san-
tos, cogí lo poco que tenía y sacié mi temor con puñados de coca.
–No se asuste, soy un ser que vaga hambriento por estos lares – resonó de la
sombra.
– ¡Qué quieres! –grité.
–Algo de comer.
Mis palabras se habían marchado abandonándome ahí, el cuerpo no me respon-
día, la fogatita que habíamos encendido se iba apagando poco a poco. Me arrodillé y
supliqué una y otra vez.
1 Especie de manta.
145