21 El primero que advirtió la llegada del auto fue Bribón, que emitió una serie de ladridos de alerta. Era raro que alguien apareciera a las siete de la tarde. Cuando sonó el llamador (una vieja mano de bronce que había encontrado hacía tres domingos en la Feria de Tristán Narvaja), los ladridos de Bribón subieron de tono. Quién es, preguntó Javier antes de abrir. Preguntó confiado, tal vez porque calculó, con cierta inocencia, que los rateros de esta zona no venían en auto. No era un ladrón. Era un tipo alto, cincuenta y pico, con una avanzada calvicie y una mirada nada condescendiente. Su atuendo era deportivo, pero de marcas conocidas. ?Disculpe la hora inoportuna ?dijo el recién llegado, quitándose la boina?. Mi nombre es Saúl Bejarano, coronel retirado. Javier sólo pudo decir: ah. No le gustaba aquella invasión, y menos de un militar, aunque fuese retirado. ?Como podrá imaginarse, sé cómo se llama ?agregó el coronel. ?Bueno, ¿a qué debo el honor? Bejarano no pidió permiso para sentarse en la mecedora. Simplemente se sentó. ?Para ahorrarle detalles, le diré que sabemos cuándo llegó de España, también que se ha separado de su mujer, Raquel, y que su hija se llama Camila. Que ha instalado un videoclub en Punta Carretas, especializado en clásicos del cine. De más está decirle que con todo gusto integro su refinada clientela: ayer mismo me llevé Adiós a las armas. Todavía no la he visto, pero me imagino que será una historia de militares retirados. ¿O no? También conocemos las actividades que desempeñó con anterioridad a su exilio y las amistades que ha ido recuperando. Que se ha visto con Rocío Garzón, una tipa
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