bien. La duda vino después y ahora Javier intenta develarla. Hasta esa noche, ni él, y acaso tampoco ella, cada uno por su lado, habían mantenido en los últimos tiempos una relación sexual plena. Y eso el cuerpo suele echarlo de menos. Al comienzo de su desexilio, Javier había aprovechado algunas ocasiones, sin animarse a una continuidad. Todavía no se había adaptado, estaba receloso e inseguro. Ahora, en su encuentro casi fortuito con Rocío ¿qué había prevalecido? ¿el disfrute sexual? ¿el recuerdo de la antigua militancia compartida? ¿un anticipo de algo más duradero? ¿una piedad profunda ante las señales, para siempre imborrables, en aquel cuerpo que había sido torturado, despojado de su intimidad, violado tal vez? Y, por otra parte, ¿qué había prevalecido en ella? ¿el deseo inevitable después de la abstinencia? ¿el incanjeable refugio en un cuerpo-y-alma amigo, capaz de comprender tanta tristeza? ¿el intenso pasado en común? ¿la afortunada, indispensable libertad para que en sus oídos resecos brotara por fin el llanto? ¿el sentirse deseada, necesitada, penetrada, colmada? Javier decide no preocuparse demasiado. El tiempo dirá. Aun en medio de la comunión más estrecha, nadie dijo te quiero, sólo balbucearon sus nombres. Rocío. Javier. Como llamados de socorro. Sólo eso, que es bastante. Quizá ella esté ahora mismo sacando sus propias cuentas, deshojando sus propias dudas, preguntándose a sí misma tantas cosas, desbaratando prejuicios o quizá, qué peligro, haciéndose ilusiones. Quién sabe. A lo mejor está en su cama de sola, sin interrogarse, dejando simplemente que sus manos recorran su propio y castigado cuerpo a fin de que la memoria de la piel pueda reconstruir el itinerario de otras manos, las de un hombre llamado Javier. Ahí él se detiene en su sobrio delirio. Pecado de vanidad, piensa. De soberbia, de machismo, piensa. Veremos qué trae el futuro. El mediato y sobre todo el inmediato. O sea, pasado mañana, cuando vaya al apartamento que Rocío alquila en el Cordón.
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Pocket Andamios.p65
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