16 Todavía no se atreve a definir ante sí mismo el tono exacto de sus sentimientos, o mejor aún: de su actitud frente a Rocío. Ya han pasado varias noches desde aquella en que se juntaron bajo la mirada lúbrica de la vieja luna. Ambos estaban un poco ansiosos, eso era cierto, pero hasta ese instante no lo habían advertido. Sólo en el comunicativo roce de piel contra piel se fueron enterando de una conmoción interior, de una bocanada de afecto que se mezcló con sus lenguas anhelantes, buscavidas. Antes de cualquier culminación, Rocío se había abierto en un llanto libre, sin convulsiones ni histerismo, que había humedecido el hombro de Javier. Él le tomó la cara con sus dos manos y ella sonrió en medio de sus lágrimas. Hace años que no lloraba, dijo. Ni siquiera lo consiguieron con la picana. Gritaba como una condenada (que eso era, después de todo), pero no lloraba y eso los volvía frenéticos. Que una mujer tuviera tanto aguante, lo consideraban un agravio personal. Era, después de todo, mi modesta y costosa venganza, el último recurso para conservar mi pobre identidad. Pero ahora, contigo, sentí que podía soltar todo ese dolor, todo ese desconsuelo. Javier la había apaciguado lentamente, morosamente. Rodeó sus pechos con una caricia liviana, envolvente, que no repetía sus trazos sino que cada vez inauguraba otro sendero. Así hasta que los oscuros botones respondieron alzándose, el llanto cesó como por encanto y ella fue bajando lentamente sus manos, en busca del tiempo perdido. A él le había gustado el cuerpo de Rocío. Aun en medio de aquel vaivén compartido, tuvo la suficiente lucidez como para reconocer que, desnuda, ella era mucho más atractiva y deseable que lo que parecía anunciar cuando estaba metida en sus vaqueros raídos y el sacón de lana. Fue una noche tierna, recurrente, que a ambos les hizo
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