14 Rocío fue la última a la que encontró. Había estado trabajando varios meses en Paysandú, y desde allí le telefoneó, no bien supo que Javier había regresado para quedarse. Fue un saludo de alegre bienvenida, con la promesa de un próximo reencuentro. Ya estaba terminando su tarea (una encuesta sobre las condiciones de trabajo de la mujer sanducera), así que dentro de pocos días bajaría a Montevideo. Se le apareció en el balneario, un domingo, a las diez de la mañana. El primero en advertir su presencia fue Bribón, el boxer que le había conseguido el vecino. Pero cuando Javier abrió la puerta, ya el perro había hecho buenas migas con Rocío, le hacía fiestas y hasta lamía sus zapatillas de tenis. A Javier le costó acostumbrarse al aspecto actual de Rocío, la vieja amiga. Su última imagen era la de una muchacha vivaz, nerviosa, emprendedora, siempre ocupada en organizar algo y organizándolo bien. Nunca había sido bonita. Sus pómulos salientes, sus labios gruesos, su nariz un poco más grande de lo normal, su abundante pelo negro limitado por un riguroso cerquillo, todo ello, unido a su metro setenta de estatura, le otorgaban un aspecto nada frágil que hacía que los compañeros la consideraran una excelente y eficacísima militante, confiable en todo, pero que no había atraído sentimentalmente a ninguno de ellos. Ahora Javier la hallaba más madura y sin embargo más vulnerable, como si la dureza de sus rasgos se hubiera suavizado y hasta sus lindos ojos (que fueron siempre su mayor atractivo) miraran como buscando protección. Permanecieron un rato abrazados, ante la mirada comprensiva de Bribón, y sólo cuando éste decidió emitir un ladridito de desconcierto, se separaron, se contemplaron
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