cón del altillo. Siempre había sido antiyanqui, eso tal vez se lo había inculcado don Ángelo, claro que muy indirectamente, porque hablarles de ese tema a los botijas habría desencadenado una insoportable avalancha de padres y madres demócratas. Pero el maestro usaba a veces pretextos mínimos para introducir temas morales, presupuestos éticos, y enarbolaba el Reglamento Provisorio del viejo Artigas como si fuera una bandera del siglo XX. Y, claro, contra Artigas no había demócrata de pacotilla que arriesgara tirarse a fondo. Sólo muchos años después de la época escolar se vino a enterar de que don Ángelo había caído en una redada, simplemente porque había comprado un mimeógrafo y en él reproducía para el consabido reparto, no el Manifiesto Comunista ni la carta a Quijano del Che Guevara, sino poemas de Vallejo, Neruda, González Tuñón y algunas prosas de Roberto Arlt y José Pedro Varela. No estuvo mucho tiempo adentro, y, cuando lo soltaron, Javier fue a verlo a Las Piedras, donde se había autoconfinado después de jubilarse. Al comienzo el maestro no lo reconoció, pero se quedó mirándolo fijo. ?Todavía no sé quién sos ?murmuró entre dientes (postizos, claro)?, pero al menos tenés los ojos de un antiguo alumno mío, que me parece recordar se llamaba Javier Montes. Y ahí nomás, sin esperar confirmación ni desmentida, le propinó por las dudas un tremendo abrazo, y sólo después de esa efusión inquirió: ?Sos Javier Montes, ¿verdad? ?Verdad. Don Ángelo se mantenía bien, hasta tenía un talante más animado que cuando ejercía de maestro en la escuelita de Villa Muñoz, y ese reencuentro con el ex alumno lo rejuvenecía más aún. Estuvieron horas y horas repasando sus vidas. Javier le preguntó si, después de la experiencia carcelaria, por breve que hubiera sido, no había pensado en emigrar. ?No ?dijo el maestro?, entre otras cosas porque se quedaron con mi pasaporte y mi cédula de identidad. Podría intentar, invocando la nacionalidad de mi viejo, que
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