imposible sonrisa?), llamó al Maciel, preguntó por un funcionario amigo, éste fue a averiguar y regresó a decirle que cuando la ambulancia había llegado a hospital la niña estaba muerta. O, como dicen en España: ingresó cadáver. (Cada vez que Javier hallaba esa expresión en un diario madrileño, se le figuraba que el cadáver había llegado al hospital haciendo jogging.) Estos detalles nunca los contó a nadie, ni al jefe, ni a otros colegas, ni siquiera a Raquel. Quizá temía hacer el ridículo, pero nadie habría podido convencerlo de que aquel rostro de cera no le había sonreído y hasta dedicado un guiño de complicidad. ¿Qué le había querido transmitir? ¿Que prefería morir? ¿Que este mundo era una mierda? A veces todavía sueña con aquel guiño, con aquella sonrisa. Pero en el sueño la niña lo mira fijo con sus ojos castaños y le dice: No te preocupes, Javier, todos vamos hacia lo mismo, así que cuanto antes, mejor.
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