guras como Alejandro Magno o Julio César y hasta dibujaba prolijamente mapas que luego mostraba a don Ángelo, que siempre lo estimulaba pero no dejaba de corregirle los errores. En cierta ocasión estuvo diez días trazando un complicado mapa sobre las guerras púnicas y en el ángulo superior izquierdo dejó libre un recuadro para dibujar el título. Cuando hubo concluido la faena y antes de llevárselo al maestro, se lo mostró a Nieves y ahí fue cuando ella recuperó su risa. Porque el título del vistoso recuadro decía gerras púnicas. ?¿Dónde dejaste la U?? preguntó la madre en mitad de su risa, pero en seguida se arrepintió porque la expresión de Javier era de casi llanto. Quiso enmendarla y fue peor: ?Pero, Javier, el mapa está lindísimo y, después de todo, el título lo podés corregir. Dibujás otro recuadro y lo pegás encima y así podés llevárselo al maestro?. ?No?, murmuró Javier, ?quedaría muy desprolijo?. Y en medio de su tercer puchero pudo esbozar una sonrisa. ?Al menos sirvió para que volvieras a reír, Nieves.? Siempre la llamaba por su nombre. Le parecía ridículo decirle mamá o mami. Entonces Nieves lo abrazó, porque era cierto, había recobrado su risa y se sentía mejor, mucho mejor, como si hubiera recobrado también su identidad. ?También tu padre disfrutaba cuando yo reía. Pero en todo este tiempo no podía, no es que me lo propusiera, sencillamente no podía. Fijate que mi luto no fue vestirme de negro sino quedarme sin risa. Y ahora por suerte volví a reír. Gracias a vos, Javier.? Pero él no le llevó al maestro sus gerras púnicas ni tampoco rehízo el recuadro con el título mutilado. Arrolló cuidadosamente el mapa, lo sujetó con una banda elástica, lo metió en el ropero y allí quedó. Sin embargo, ese episodio terminó de convencerlo de que su proyecto era viable. Era esencial que don Ángelo y Nieves se casaran. Es claro que, como primera medida, tenían que conocerse, y eso no era tan fácil. Según la peculiar e interesada óptica de Javier, hacían muy buena pareja. Y además cumplían con los requisitos que siempre había escuchado como imprescindibles. Él era un poco más alto que ella, digamos unos diez centímetros. Tres
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