Test Drive | Page 98

A las ocho de la noche, el mar estaba embravecido, los relámpagos iluminaban el horizonte y el mar se había puesto fosforescente. Pronto la escuadra avistó el barco del Corsario Negro, frente a la punta Espada. Un cohete lanzado desde la nave del Olonés indicó a El Rayo que abarloara, pues el Corsario Negro y sus acompañantes iban a abordarlo. Morgan obedeció la señal. En cuatro bordadas la rápida nave del Corsario llegó junto a la chalupa que se acercaba y embarcó a su comandante. Apenas estuvo sobre el puente, un inmenso grito lo acogió: —¡Viva nuestro comandante! —El Corsario, seguido de Carmaux y Wan Stiller, que transportaban al catalán, cruzaron por entre una doble fila de marineros y se dirigieron al encuentro de una blanca silueta que acababa de aparecer por la escalera de los camarotes. —¡Usted, Honorata! —saludó el Corsario, alegre. —Yo, caballero —repuso la joven flamenca yendo a su encuentro—. ¡Qué felicidad volver a verle! En ese mismo momento, un relámpago enceguecedor iluminó la oscuridad del mar y el rostro de la duquesa. —¡La hija de Wan Guld aquí!... —exclamó, asombrado, el catalán—. ¡Dios mío! El Corsario, que iba al encuentro de la joven, se detuvo y, volviendo sobre sus pasos con ojos desorbitados, gritó al catalán: —¿Qué has dicho?... ¡Habla... o te mato! El catalán no contestó. Miraba asombrado a la joven flamenca que retrocedía paso a paso, trastabillando, como si hubiera recibido una puñalada en el pecho. En el puente, los ciento veinte tripulantes no respiraban, concentrados en la joven, que seguía retrocediendo, y en el puño del Corsario, que amenazaba al catalán. Todos presentían que iba a desatarse una tragedia. —¡Habla! —repitió el Corsario—. ¡Habla! —Es... es la hija de Wan Guld. —¿La conocías? ¡Jura que es ella! —Juro... De los labios del Corsario escapó un rugido. Se dobló sobre sí mismo, como golpeado por una maza, pero se enderezó con un movimiento de tigre. Página 98