El Corsario abandonó el fuerte y bajó a la ciudad. Ésta ofrecía un espectáculo tan
desolador como el del interior del fuerte. Todas las casas habían sido saqueadas. De todos
lados surgían gritos masculinos, llantos de mujeres, sollozos de niños, blasfemias y disparos.
Grupos de ciudadanos huían por las calles tratando de salvar algunos objetos de valor. A cada
rato estallaban sangrientas luchas entre saqueadores y saqueados. Los filibusteros no se
detenían ante nada, con tal de obtener oro.
Dejando atrás algunas casas incendiadas, el Corsario llegó a la plaza central. El Olonés
pesaba el oro que sus hombres seguían acumulando y que traían de diversas partes.
—¡Por las arenas de Olón! —exclamó el filibustero al verlo—. ¡Creí que ya habías
partido a Gibraltar para ir a colgar a Wan Guld!
—A estas horas Wan Guld está navegando hacia las costas de Nicaragua.
—¿Se te ha vuelto a escapar...? Ese individuo es el diablo mismo. ¿Qué piensas hacer?
—Vuelvo a La Tortuga para preparar una expedición.
—¿Sin mí?... ¡No, caballero!...
—¿Vendrás?
—Te lo prometo. Iremos juntos a sacar de su cueva a ese viejo bribón.
—Gracias, Pedro. Sabía que contaba contigo.
Después de tres días, los filibusteros pusieron fin al saqueo y abandonaron la ciudad
rumbo a Maracaibo. Llevaban doscientos prisioneros, por los que pensaban obtener
cuantiosos rescates, y gran cantidad de víveres, mercadería y oro por valor de doscientas mil
piastras.
El Corsario Negro y sus compañeros embarcaron en el navío del Olonés. El Rayo
había quedado en la entrada del Golfo, para impedir una sorpresa de la flota española.
Carmaux y Wan Stiller transportaban al catalán, cuyas heridas estaban cicatrizando.
Exactamente como los filibusteros creían, los habitantes de Maracaibo habían vuelto a
la ciudad pensando que los ladrones del mar no la visitarían por segunda vez. Imposibilitados
para oponer resistencia, se vieron obligados de hacer un nuevo pago de treinta mil piastras
bajo la amenaza de que les incendiarían la ciudad entera. Pero no contentos con esta
extorsión, los filibusteros aprovecharon su segunda visita para saquear las iglesias, llevándose
los objetos de arte y de valor. Todo ello serviría, se excusaron, para construir una capilla en
La Tortuga.
Aquella misma tarde, la escuadra corsaria abandonó definitivamente Maracaibo y puso
proa hacia la salida del golfo. El tiempo presagiaba tormenta y tenían apuro por alejarse de tan
peligrosas costas.
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