—¡Por mil tiburones! —exclamó Carmaux, deteniéndose ante un montón de cadáveres
—. Yo conozco esa voz.
—Yo también —dijo Wan Stiller.
—Parece la de mi compatriota Darlas.
—¡Agua, caballeros!... ¡Agua!... —se oía suplicar entre unos cadáveres.
—¡Truenos de Hamburgo! ¡Es la voz del catalán!
Removieron de prisa los cadáveres y apareció una cabeza ensangrentada, y luego un
cuerpo flaquísimo lleno de sangre y vísceras.
—¡Caray! —exclamó el catalán—. No esperaba tener tanta suerte.
—¡Catalán de mi alma! —gritaba Carmaux.
—¿Dónde estás herido? —preguntó el Corsario, ayudándole a incorporarse.
—En un hombro y en la cabeza. Pero mis heridas no son graves, señor. ¡Denme de
beber, se lo suplico!
—Toma, compadre —Carmaux le pasó un frasco de aguardiente.
El catalán, agobiado por la fiebre, bebió con avidez. Después se dirigió al Corsario
Negro:
—Estaba buscando al gobernador de Maracaibo, ¿verdad, señor?
—Sí, ¿lo has visto?
—Ha perdido la oportunidad de colgarlo. Y yo de cobrarle mis veinticinco azotes: ¡el
canalla no puso los pies aquí!
—Pero, ¿adónde ha ido?
—A Puerto Cabello, donde tiene familia y bienes.
—¿Estás seguro de lo que dices?
—Segurísimo, señor. Escapó de la persecución de las naves de ustedes haciéndose
llevar a la costa oriental del lago, donde embarcaría en un velero español.
—¡Maldición y muerte! —aulló el Corsario—. ¡Puede irse al infierno, que allí lo iré a
buscar! Llegaré a Honduras. ¡Lo juro por Dios!
—Yo le acompañaré, señor —dijo el catalán—, si no es molestia.
—Vendrás, ya que ambos le odiamos. ¿Crees que es posible seguirlo?
—A estas horas debe estar llegando a Nicaragua.
—Volveré a La Tortuga y desde allí organizaré una expedición sin rival, en el Golfo
de México. Debo ver al Olonés.
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