El Conde atacaba con energía, redoblando sus estocadas y cubriendo al Corsario con
rápidos golpes que éste paraba. Además de la espada, ambos usaban el puñal para parar los
golpes.
El Corsario, que por motivo alguno quería matar al noble castellano, con una estocada
en diagonal, y luego con semicírculo, hizo saltar la espada del Conde. Pero éste, velozmente,
arrebató la espada al capitán de arcabuceros agonizante y se lanzó nuevamente contra su
adversario. Entretanto, un soldado español acudió en su ayuda.
El Corsario no tuvo alternativa. Con una estocada mortal derribó al soldado y se lanzó
a fondo contra el Conde, que no esperaba tal arremetida. La espada le atravesó el pecho y le
salió por la espalda.
—¡Conde! —exclamó el Corsario, sujetándole con sus brazos—. ¡Qué triste victoria!
¡Usted la ha querido!
—Era... el destino... caballero... —murmuró el Conde, tratando de esbozar una sonrisa.
—¡Carmaux!... ¡Wan Stiller!... ¡A mí! —gritó el Corsario.
—Me... muero... adiós... amigo... no... —alcanzó apenas a decir el Conde.
Un golpe de sangre le cortó la frase y cerró los ojos.
El Corsario, más emocionado de lo que hubiera creído, depositó suavemente el
cadáver del noble en el suelo, le besó la frente aún tibia y, recogiendo la espada
ensangrentada, se lanzó a la lucha con voz destrozada:
—¡A mí, hombres del mar!
La sangrienta batalla duró una hora. Casi todos los defensores cayeron rodeando la
bandera de su lejana patria. Ninguno aceptó rendirse.
La terrible lucha, que había empezado por la mañana, concluyó a las dos de la tarde.
En el campo de batalla quedaban cuatrocientos españoles y ciento veinte filibusteros.
CAPÍTULO 12
LA CAÍDA DE GIBRALTAR
Ahora la ciudad estaba indefensa. Los filibusteros, como un río humano, se
abalanzaron sobre ella ávidos, dispuestos a impedir que la población huyera a los bosques.
Entretanto, el Corsario Negro, Wan Stiller, Carmaux y el africano buscaban entre los
cadáveres del fuerte el de Wan Guld, el odiado gobernador de Maracaibo.
Por todas partes se veían horribles escenas. Cuerpos despedazados, heridos
gemebundos, charcos de sangre que despedían un acre olor, agonizantes que pedían agua.
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