—No importa. Comenzaremos el ataque al fuerte más importante.
—¿Cómo treparemos? No tienes escalas, Pedro.
—Simularemos una fuga precipitada. Mis hombres están avisados.
Los filibusteros lanzaron su característico grito de guerra y las bandas, hasta entonces
ocultas, se lanzaron sobre la explanada. Los españoles del fuerte, que era el más cercano y el
mejor pertrechado, al verlos aparecer arrasaron la explanada con la metralla, pero ya era
demasiado tarde. Muchos corsarios cayeron, pero quienes los seguían llegaron a los muros de
las torres. Fue entonces cuando se oyó la voz de trueno del Olonés.
—¡Hombres de mar!... ¡En retirada!
Los corsarios, que sabían que era imposible subir a las murallas, pues no tenían
escaleras y los españoles presentaban una dura resistencia, huyeron en desorden a refugiarse
en el bosque cercano.
Los defensores del fuerte creyeron que era el momento de exterminarlos fácilmente.
Dejaron los cañones, bajaron los puentes levadizos, y salieron imprudentemente a aniquilarlos
por la espalda. Era justamente lo que había esperado el Olonés. Los corsarios se dieron vuelta
y cargaron con furia contra el enemigo.
Los españoles no esperaban un cambio de frente. Retrocedieron sorprendidos y en
desorden. Ambos se empeñaron en una sangrienta batalla. Corsarios y españoles luchaban con
igual valor a estocadas y tiros; los pocos que aún permanecían en el fuerte ametrallaban,
hiriendo y matando a amigos y enemigos.
Fue la llegada de Miguel, el Vasco, la que decidió el combate y permitió a las fuerzas
corsarias entrar en el fuerte. Pero los españoles estaban dispuestos a morir antes que rendir su
estandarte. El Corsario acababa de librarse de un capitán de arcabuceros, que expiraba a sus
pies, cuando oyó una voz:
—¡Cuidado, caballero, que voy a matarle!
—¡Usted, Conde!
—¡Defiéndase, señor; la amistad ya no existe entre nosotros. Usted combate por la
filibustería, yo me bato por la bandera de Castilla.
—¡Conde, se lo ruego!... No me obligue a cruzar mi espada con la suya. Yo le debo la
vida.
—Estamos mano a mano. Mientras quede un español vivo, nuestra bandera no será
arriada —dijo el Conde y se lanzó con violencia contra el Corsario.
—¡Por favor, señor Conde!... —gritó el Corsario, retrocediendo unos pasos—. ¡No me
obligue a matarle!
—¡A nosotros, señor de Ventimiglia! —exclamó el Conde, sonriendo.
Mientras alrededor de ambos la lucha se desarrollaba con creciente furia, los dos
hombres comenzaron su duelo, dispuestos a morir o a matar.
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