—¡Adelante, hombres de mar! —ordenó el Corsario, empuñando su espada—. ¡Si
hemos acallado la primera batería, no daremos la espalda a la segunda!
Los hombres no se hicieron repetir la orden y avanzaron resueltos a sorprender al
enemigo. Pero al llegar a la llanura se detuvieron indecisos. La batería era imponente y el
lugar, una verdadera fortaleza defendida por fosos, empalizadas y murallas a pique.
—Ya no podemos retroceder, Miguel. El Olonés debe estar llegando a la meta. Diría
que hemos tenido miedo.
—Si tuviéramos un cañón.
—Los de la batería tomada están fijos. ¡Adelante!
El Corsario, sin mirar si lo seguían o no, se lanzó a la llanura blandiendo la espada.
Los filibusteros dudaron, pero al ver que el Vasco, Carmaux, Wan Stiller y el africano lo
seguían, corrieron tras ellos dando feroces gritos.
Los españoles los dejaron acercarse a mil pasos, y entonces dispararon. El efecto fue
desastroso: barrieron la primera fila, mientras las otras retrocedían desordenadamente hasta el
bosque.
El Corsario no había retrocedido. Reunió a su alrededor a diez o doce hombres, entre
los que se encontraban Carmaux, Wan Stiller y el africano, y con ellos logró sobrepasar la
línea de fuego y llegar al pie de la colina. En ese momento retumbaron los cañones de los dos
fuertes de Gibraltar.
—¡Amigos míos!... —gritó—. El Olonés se prepara para entrar en la ciudad.
¡Adelante, mis valientes!
Aunque estaban deshechos, empezaron la ascensión de la colina, abriéndose paso
fatigosamente entre zarzales y malezas. En lo alto, el cañón disparaba sin pausa y sus
proyectiles destrozaban árboles seculares, que caían con estruendo.
El Corsario Negro y sus hombres corrían al encuentro del Olonés antes de que
comenzara el asalto contra los dos fuertes. Descubrieron un sendero entre los árboles, y en
menos de media hora llegaron a la cumbre. Allí se encontraron con la retaguardia del Olonés.
El Corsario fue llevado hasta la vanguardia, donde se encontraba aquél con sus ayudantes.
—¡Por las arenas de Olón! Tu refuerzo llega en el mejor momento.
—Un refuerzo bastante pobre, Pedro —repuso el Corsario—. Te traigo sólo doce
hombres.
—¿Doce? ¿Y los otros? —exclamó el filibustero, poniéndose pálido.
—Se vieron obligados a retroceder hasta el pantano, después de sufrir grandes
pérdidas.
—¡Mil rayos¡...¡Contaba con ellos!
—Quizás hayan vuelto a intentar el ataque de la segunda batería.
Página 93