Test Drive | Page 92

—¡Valor, hombres de mar! —gritó el Olonés—. Detrás de estos muros se ocultan fortunas mayores que las que encontraron en Maracaibo. Demostremos a nuestros enemigos que continuamos siendo invencibles. La columna que dirigían el Corsario Negro y el Vasco a través del pantano estaba integrada por trescientos ochenta hombres armados con espada corta y pistolas con sólo treinta cargas para cada una. No llevaban fusiles, porque es un arma inútil para atacar un fuerte y muy incómoda en la lucha cuerpo a cuerpo. Pero eran trescientos ochenta demonios seguros de su triunfo. Entraron sin vacilar al pantano, colocando sobre éste troncos y ramas para fabricarse un camino. El fuego español empezaba a hacer estragos. Los filibusteros caían al fango, se hundían y no podían recibir la ayuda de sus compañeros ni responder el fuego enemigo. El Corsario Negro y el Vasco mantenían su sangre fría; alentaban con el ejemplo, animaban a los heridos y recorrían las filas ayudando a los que cargaban los troncos. Los filibusteros empezaban a dudar de que pudieran salir adelante con lo que se habían propuesto, que lo consideraban una verdadera locura. Pero no perdían el valor y seguían luchando. La metralla había herido de muerte a más de doce hombres y una veintena de heridos se debatía entre los troncos y las ramas. Sin embargo, todos seguían avanzando, hasta que finalmente llegaron a tierra firme. Nadie podía ya resistir a esos hombres sedientos de venganza. Los filibusteros irrumpieron en el terraplén del reducto. Los primeros cayeron bajo la metralla, pero los que venían detrás alcanzaron las baterías y masacraron a los cañoneros sobre sus piezas. Un hurra gigantesco anunció a las bandas del Olonés que el primero y más difícil de los obstáculos había sido vencido. Pero la alegría no iba a durar mucho rato. El Corsario Negro y el Vasco descubrieron en medio de un bosque la presencia de otra fortaleza. —¿Qué hacemos? —preguntó el Vasco. —No debemos retroceder. —Hemos sufrido tremendas bajas y nuestros hombres están aniquilados. —Mandemos a algunos hombres a reconocer el bosque —dijo el Corsario—. Ojalá tengamos suerte, Miguel. Mientras la avanzada se alejaba sin pérdida de tiempo, el Corsario Negro y el Vasco hacían transportar los heridos al otro lado del pantano, previendo una posible retirada. Muy pronto volvieron los exploradores y las noticias no eran buenas. Los españoles habían abandonado el bosque, pero en la llanura habían emplazado una batería con muchas bocas de fuego. No había noticias del Olonés. Página 92