—¡Valor, hombres de mar! —gritó el Olonés—. Detrás de estos muros se ocultan
fortunas mayores que las que encontraron en Maracaibo. Demostremos a nuestros enemigos
que continuamos siendo invencibles.
La columna que dirigían el Corsario Negro y el Vasco a través del pantano estaba
integrada por trescientos ochenta hombres armados con espada corta y pistolas con sólo
treinta cargas para cada una. No llevaban fusiles, porque es un arma inútil para atacar un
fuerte y muy incómoda en la lucha cuerpo a cuerpo. Pero eran trescientos ochenta demonios
seguros de su triunfo.
Entraron sin vacilar al pantano, colocando sobre éste troncos y ramas para fabricarse
un camino. El fuego español empezaba a hacer estragos. Los filibusteros caían al fango, se
hundían y no podían recibir la ayuda de sus compañeros ni responder el fuego enemigo.
El Corsario Negro y el Vasco mantenían su sangre fría; alentaban con el ejemplo,
animaban a los heridos y recorrían las filas ayudando a los que cargaban los troncos.
Los filibusteros empezaban a dudar de que pudieran salir adelante con lo que se
habían propuesto, que lo consideraban una verdadera locura. Pero no perdían el valor y
seguían luchando. La metralla había herido de muerte a más de doce hombres y una veintena
de heridos se debatía entre los troncos y las ramas. Sin embargo, todos seguían avanzando,
hasta que finalmente llegaron a tierra firme. Nadie podía ya resistir a esos hombres sedientos
de venganza.
Los filibusteros irrumpieron en el terraplén del reducto. Los primeros cayeron bajo la
metralla, pero los que venían detrás alcanzaron las baterías y masacraron a los cañoneros
sobre sus piezas.
Un hurra gigantesco anunció a las bandas del Olonés que el primero y más difícil de
los obstáculos había sido vencido. Pero la alegría no iba a durar mucho rato. El Corsario
Negro y el Vasco descubrieron en medio de un bosque la presencia de otra fortaleza.
—¿Qué hacemos? —preguntó el Vasco.
—No debemos retroceder.
—Hemos sufrido tremendas bajas y nuestros hombres están aniquilados.
—Mandemos a algunos hombres a reconocer el bosque —dijo el Corsario—. Ojalá
tengamos suerte, Miguel.
Mientras la avanzada se alejaba sin pérdida de tiempo, el Corsario Negro y el Vasco
hacían transportar los heridos al otro lado del pantano, previendo una posible retirada.
Muy pronto volvieron los exploradores y las noticias no eran buenas. Los españoles
habían abandonado el bosque, pero en la llanura habían emplazado una batería con muchas
bocas de fuego. No había noticias del Olonés.
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