Test Drive | страница 90

—Sí, Pedro, pero es muy astuto. Puede haber cambiado de rumbo para no dejarse sitiar tras las murallas de la ciudad. La suerte lo protege. —La suerte se cansará de hacerlo, caballero. Si no lo encontramos en Gibraltar, lo buscaremos en Puerto Cabello. Te he prometido ayuda y jamás faltaré a mi palabra. —Gracias, sé que cuento contigo. ¿Dónde está El Rayo? —A la salida del Golfo, junto a las dos naves de Harris. No dejarán que nos molesten los barcos españoles. —Estoy a tus órdenes, Pedro. —¡Sabía que contaba con tu brazo valeroso! Esta noche llega el Vasco y mañana temprano atacaremos. Gibraltar será un hueso duro de roer, pero triunfaremos, amigo mío. Ahora vamos a cenar y a descansar a bordo de mi barco. Se ve que lo necesitas. Aquel día no fue perdido. Los incansables bucaneros se dedicaron a explorar las inmediaciones de la ciudadela española, con el objetivo de estudiar detalladamente cómo atacarla por sorpresa. Las informaciones que trajeron no eran alentadoras. Todos los caminos estaban interrumpidos con trincheras fortificadas, la campiña de los alrededores inundada, y había cercos erizados de espinos. El comandante de Gibraltar, además, era uno de los jefes más valientes con que contaba España en América. Había hecho jurar a sus soldados que se harían matar hasta el último hombre antes que rendir su estandarte. Cierta angustia empezó a apoderarse del corazón de los corsarios. Pero el Olonés, informado de todo, no se dejaba deprimir. Esa tarde reunió a los jefes. —Es imprescindible, hombres del mar —los arengó—, que luchemos mañana con bravura. Fabulosos tesoros nos esperan en la ciudad. En el combate, observen a sus jefes y sigan su ejemplo. A medianoche llegó el Vasco con cuatrocientos hombres. De inmediato se levantaron los campamentos y se formaron las escuadras. El pequeño ejército, encabezado por sus tres jefes, emprendió la marcha cruzando la selva. Carmaux y Wan Stiller, bien comidos y dormidos, iban detrás del Corsario Negro. Ardían de impaciencia por estar en la primera línea de combate y ayudar a la captura de Wan Guld. En el bosque se les unió el africano. —Compadre carboncillo, ¿de dónde sales? —Hace diez horas que los busco. Supe que el gobernador los tomó prisioneros. —Es cierto, compadre. Huimos de sus garras gracias a la ayuda del Conde de Lerma. —¿El. castellano que apresamos en casa del notario de Maracaibo? —Sí, compadre. ¿Y el catalán? ¿Y los heridos? Página 90